A las doce y siete, cuando Inés subió el primer fader de la noche, Radio Horizonte sonaba exactamente como debía sonar. Una canción terminaba bajo su voz, Mauro levantaba dos dedos detrás del cristal para marcarle que iban bien de tiempo y el reloj redondo del Estudio 2 avanzaba con esa parsimonia que solo tenían los relojes cuando todo estaba bajo control. Inés abrió su libreta color vino por una página limpia y escribió la hora de la primera llamada.
—Seguimos en La última hora —dijo, acercándose al micrófono—. Si aún estáis despiertos, podéis acompañarnos un rato.
La luz roja sobre la puerta se encendió. Mauro, desde la pecera, señaló una línea preparada. Había hablado unos segundos con la mujer que esperaba al otro lado y escribió en una nota: «Sonia. Dedicatoria a su hermana. Nada raro». Inés sonrió al leerlo. Aquellas cuatro palabras eran casi una bendición en un programa en directo.
Sonia entró en antena con una voz baja, algo ronca, como si llevara mucho rato ensayando sin hablar. Dijo que quería pedir una canción para su hermana mayor. No dio apellidos ni contó dónde vivía. Solo explicó que llevaban seis meses sin hablarse y que esa noche había pasado por delante del piso que ambas habían vaciado después de la muerte de su madre.
—No sé si me estará escuchando —dijo—. Pero antes escuchábamos este programa juntas cuando recogíamos la cocina.
Inés dejó un segundo de silencio. Era la clase de silencio que la radio soportaba bien: breve, humano, sin necesidad de llenarlo.
—¿Y qué te gustaría decirle si estuviera al otro lado?
Sonia respiró hondo. Detrás del cristal, Mauro dejó de mirar la escaleta.
—Que no vendí la máquina de coser por dinero.
La frase cambió el peso de la llamada. Sonia explicó que la vieja máquina de su madre había ocupado durante semanas el centro de una discusión familiar. Su hermana quería conservarla. Sonia la había entregado a una mujer que restauraba máquinas antiguas, convencida de que así tendría una segunda vida. No había preguntado. Cuando quiso explicarlo, ya era tarde: su hermana entendió que se había deshecho de lo último que les quedaba de su madre.
Inés pensó que comprendía el problema demasiado deprisa. Pensó en una dedicatoria sencilla, una disculpa clara, una canción después. Pensó incluso en la frase exacta con la que podría ayudar a Sonia a decir lo que parecía incapaz de ordenar.
Entonces Sonia añadió:
—Y quiero decir dónde está la máquina. La tiene una señora que vive encima de la farmacia de la plaza vieja. Mi hermana sabe cuál es. Si digo su nombre, entenderá que puede ir a buscarla mañana.
Mauro negó con la cabeza antes de que Inés respondiera. Levantó la mano abierta: espera. Después señaló el botón de comunicación interna y escribió deprisa en otra hoja: «No ubicación. No tercero sin permiso».
Inés miró el reloj. Quedaban cuarenta segundos antes del siguiente corte musical. Sonia seguía hablando, cada vez más deprisa, como si el directo le hubiera abierto una puerta que temía que volviera a cerrarse.
—Se llama Mercedes y trabaja…
Inés bajó apenas el nivel de la línea.
—Sonia, voy a detenerte ahí un momento. No porque no quiera escucharte, sino porque estamos en directo y acabas de empezar a dar datos de otra persona.
Hubo un silencio distinto. Ya no era cómodo.
—Pero si mi hermana necesita saberlo.
Inés miró a Mauro. Él señaló la canción preparada y dibujó con un dedo un círculo en el aire: podían sacar la llamada de antena y mantenerla abierta. La solución técnica era sencilla. Lo difícil era decidir qué hacer con ella.
—Vamos a poner música —dijo Inés—. No cuelgues. Seguimos hablando fuera de antena.
Mauro deslizó un fader. La voz de Sonia desapareció de los receptores y entraron los primeros compases de una canción tranquila. La luz de emisión siguió encendida, pero el micrófono de Inés quedó cerrado. Al otro lado del cristal, Mauro se quitó un auricular.
—Iba a dar una dirección casi completa —dijo por el intercom.
—Lo sé.
—Y nosotros no sabemos quién es Mercedes ni si quiere aparecer en esta historia.
Inés asintió. En el pasillo, una puerta se abrió y Claudia Serra apareció con una carpeta bajo el brazo. Había estado terminando cuentas en su despacho. Miró el indicador de línea retenida y después a Inés.
—¿Problema?
—Una dedicatoria que se ha convertido en otra cosa.
Claudia no pidió detalles. Señaló el reloj del estudio.
—Entonces decide qué necesita la emisión, no qué necesita tu curiosidad.
Y siguió hacia la máquina de café.
Inés estuvo a punto de molestarse. Ella no sentía curiosidad. Quería ayudar. Precisamente por eso tardó un segundo en advertir que quizá estaba cometiendo el mismo error de siempre: decidir por otra persona qué forma debía tener su solución.
Abrió de nuevo la línea, todavía fuera de antena.
—Sonia, puedo hacer dos cosas. Podemos cerrar aquí la llamada y poner la canción sin explicar nada más. O puedes volver al aire y decir solo lo que tú quieras decirle a tu hermana, sin nombres, direcciones ni datos de la mujer que tiene la máquina. Pero antes quiero preguntarte algo que no te he preguntado: ¿qué esperas que ocurra después de que tu hermana lo oiga?
Esta vez Sonia tardó tanto en contestar que Inés miró la pantalla por si la línea se había cortado.
—Quería que supiera que no la tiré —dijo al fin—. Supongo que estaba intentando demostrar que yo tenía razón.
—¿Y sigues queriendo demostrarlo?
—No.
Mauro bajó la vista y empezó a rehacer la escaleta con un lápiz. Claudia regresó con un vaso de café y se quedó en la pecera sin intervenir.
Sonia pidió volver al aire. Cuando terminó la canción, Inés abrió su micrófono y luego la línea. No hubo historia de la restauradora ni pistas para encontrar la máquina. Sonia dijo simplemente que había tomado una decisión que no le correspondía tomar sola, que la máquina seguía existiendo y que, si su hermana quería saber más, esperaba que la llamara. Después pidió aquella canción que ambas escuchaban mientras recogían la cocina.
La intervención duró menos de un minuto.
Cuando terminó, Mauro dejó entrar la música y levantó el pulgar. Inés se quitó un auricular. Claudia seguía detrás de él, apoyada contra la pared.
—Has perdido una historia bastante buena —dijo.
Inés la miró, sorprendida.
Claudia bebió un sorbo de café.
—Para la radio, quiero decir.
—Ya.
—Bien perdido.
A la una y cincuenta y nueve, Inés cerró el programa. No supo si la hermana de Sonia había escuchado, si llamaría al día siguiente o si la máquina volvería alguna vez a aquella familia. Tampoco intentó averiguarlo. En la libreta escribió solo: «00:18. Dedicatoria. Datos personales evitados». Hechos, no finales inventados.
Mauro bajó el último fader y el estudio quedó de pronto demasiado silencioso. Inés miró el micrófono apagado y pensó que durante años había creído que su trabajo consistía en conseguir que la gente hablara. Aquella noche, mientras cerraba la libreta, le pareció que a veces consistía exactamente en saber qué no hacía falta emitir.
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