La tarde había empezado con un ruido que Lucía no sabía nombrar. No era el tic-tac de un reloj ni el crujido de la madera del taller. Sonaba dentro de una caja de música abierta sobre la mesa de Manolo: una melodía corta, cuatro notas dulces y una quinta que nunca llegaba. —Se para siempre en el mismo sitio —dijo Lucía. Manolo dio cuerda al mecanismo y ambos escucharon: tin, tan, tin, ti... silencio. —Quizá no se pare —respondió él—. Quizá esté esperando algo. Lucía sonrió. —Eso dices de todas las cosas rotas. —No de todas. Solo de las que tienen una historia mejor que una avería. Manolo apartó con cuidado un pequeño cilindro de latón y dejó la caja bajo la lámpara. —Mi maestro de relojería conoció una ciudad donde nadie soportaba las canciones incompletas. Se llamaba Bellaclara, y allí las campanas daban la hora, los vendedores cantaban sus precios y hasta los barqueros silbaban al cruzar el canal. Pero una noche desapareció una nota. No una partitura ni una nota escrita en papel....
Ana tenía una cartulina, tres rotuladores y una noticia urgente: la tarjeta de cumpleaños de la vecina debía estar terminada antes de que Carlos pasara a recogerla. —Solo falta pegar las estrellas —dijo, extendiendo la tarjeta sobre la mesa de la cocina—. Y no toques nada. Juan levantó las dos manos. —Yo no toco. Yo superviso. Max, que dormía bajo la silla, abrió un ojo. Conocía aquella frase. Normalmente significaba que, en menos de un minuto, alguien acabaría supervisando un problema. Ana fue al pasillo a buscar el pegamento. Juan miró la tarjeta. Tenía un cohete rojo, una luna amarilla y un espacio vacío en una esquina que pedía a gritos algo espectacular. En el cajón de las manualidades encontró un sobre de pegatinas plateadas. No pensaba pegar muchas. Solo una. Una estrella pequeña, justo al lado de la luna. En ese instante entró una corriente de aire por la ventana abierta. La tarjeta se levantó, dio una vuelta completa sobre la mesa y salió volando al jardín. —¡Mi tarje...