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La higuera de los deseos pequeños

La lluvia había empezado después de cenar y golpeaba los cristales de la casa del abuelo Manolo con dedos menudos y pacientes. Lucía, que aquella noche dormía allí, entró en el taller buscando un lápiz y encontró a su abuelo sentado frente a una caja llena de botones. Había botones de nácar, de madera, de metal y uno diminuto con forma de estrella. —¿Desde cuándo guardas botones? —preguntó Lucía. Manolo levantó la vista por encima de sus gafas redondas. —Desde que descubrí que las cosas pequeñas también pueden sujetar historias grandes. Lucía tomó el botón de estrella. Tenía cinco puntas desiguales y un brillo gastado. —¿Y este qué sujetaba? El abuelo sonrió y apartó la caja. —Un abrigo, probablemente. Pero una vez conocí una ciudad donde las estrellas servían para algo bastante más complicado. Dicen que hace muchos años existía junto al mar una ciudad llamada Miralba. Sus casas eran blancas, sus balcones estaban llenos de macetas y, en la plaza mayor, crecía una higuera tan vieja ...
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Juan y la bolera automática

El plan tenía tres pasos: colocar las botellas, lanzar la pelota y conseguir que cayeran todas de una vez. Juan había visto unos bolos en la feria del barrio y decidió que esperar hasta la próxima feria era demasiado tiempo. En diez minutos reunió seis botellas de plástico vacías, una pelota blanda y dos trozos de cartón para marcar una pista en el pasillo del jardín. —Solo falta el premio —dijo Ana, mirando las botellas. Juan sonrió. Había pensado en eso. Sobre una silla, al final de la pista, dejó una bolsa con tres galletas envueltas. Quien derribara las seis botellas ganaría una. Quien no derribara ninguna tendría que volver a intentarlo. Era, según Juan, un reglamento perfecto. La primera tirada fue de Ana. Cinco botellas cayeron y una quedó balanceándose como si se negara a aceptar la derrota. La segunda fue de Juan. La pelota golpeó justo en el centro y las seis salieron disparadas. —¡Campeón! —gritó Juan, levantando los brazos. Max interpretó aquel grito de otra manera. Sa...

Fuera de carta

A las siete y diez, Elena encontró una cazuela pequeña en el estante más alto de la cocina. Era de barro oscuro, con una grieta antigua en el borde, y llevaba dos años sin entrar en el horno. Diego la había apartado para alcanzar una fuente y la dejó sobre la mesa de preparación. —Mamá hacía aquí los garbanzos con acelgas —dijo Elena. —Mamá hacía muchas cosas que tardaban tres horas —respondió Diego, sin dejar de cortar calabaza—. Por eso ahora está jubilada. Elena sonrió y devolvió la cazuela al estante. A las ocho tenían treinta cubiertos reservados, seis huecos posibles y un menú que Diego había preparado alrededor de calabaza asada, setas, pescado y un guiso de ternera. Nada parecía capaz de complicar la noche. A las ocho y cuarto entró Pilar. No llevaba delantal ni llaves del local, solo un abrigo claro y un bolso pequeño. Detrás de ella venían Carmen y Julián, un matrimonio que había comido en Casa Lumbre desde mucho antes de que Elena aprendiera a llevar tres platos sin mi...

Vera y el misterio de la tierra fugitiva

En El Tornillo Feliz había una maceta que parecía no ponerse nunca de acuerdo con el taller. Inés la había dejado junto a la ventana porque allí recibía buena luz, pero cada mañana aparecía un pequeño círculo de tierra sobre el suelo, justo al lado del plato. Vera lo barría, colocaba la maceta en su sitio y, al día siguiente, la tierra volvía a estar allí. —La maceta tiene una fuga —decidió Vera, agachándose para mirar el borde. Tornillo se acercó sobre sus ruedas, encendió los ojos turquesa y proyectó una gota. —No de agua —aclaró Vera—. De tierra. Podemos hacerle una pared para que no se escape. Con cartón rígido, Vera construyó un aro bajo alrededor del plato. No tocaba la planta ni tapaba el drenaje, y a ella le pareció una solución perfecta. Tornillo recorrió el círculo despacio, proyectó una pequeña muralla y emitió un pitido satisfecho. A la mañana siguiente, sin embargo, había tierra fuera del aro. Vera se quedó con las manos en la cintura. —Entonces salta. Tornillo proyect...

Sol y las hojas viajeras

Ras, ras, ras. Algo seco rozó el suelo junto a la puerta del jardín. Sol dejó de apretar su pelota y miró hacia allí. Una hoja marrón había entrado en casa. Dio una vuelta sobre sí misma, empujada por el aire, y se quedó quieta junto a la alfombra. Sol gateó hasta ella. Primero la tocó con un dedo. La hoja crujió: crac. Sol retiró la mano, abrió mucho los ojos y volvió a tocarla. Crac, crac. Esta vez sonrió. Mamá estaba cerca de la puerta abierta, guardando unas macetas pequeñas. Otra ráfaga movió las ramas del jardín y dos hojas más cruzaron el umbral. Una amarilla aterrizó debajo de una silla. Otra, pequeña y rojiza, siguió rodando por el pasillo. Sol fue detrás de la amarilla. Gateó hasta la silla, se agachó todo lo que pudo y estiró el brazo. Sus dedos rozaron la punta, pero la hoja se deslizó un poquito más. Sol soltó un «¡ah!» muy serio y cambió de lado. Una mano, otra mano, una rodilla, otra rodilla. Rodeó la silla y allí estaba la hoja, enorme y arrugada desde tan cerca. ...

Carlitos y el mapa que cambiaba de camino

—¿Y si hoy no jugamos a lo mismo? —preguntó Gabriel nada más entrar en el rincón de juegos. Carlitos estaba colocando tres cojines en fila. Mateo llevaba una caja de cartón sobre la cabeza como si fuera un casco enorme. Los tres miraron alrededor buscando una idea nueva, hasta que Mateo dejó la caja en el suelo y descubrió algo pegado debajo: un trozo de cinta adhesiva con una flecha dibujada. —¡Un mapa! —dijo Carlitos. —Eso no es un mapa —respondió Gabriel—. Solo es una flecha. Mateo giró la caja. —¿Y si es la primera flecha? La flecha señalaba hacia la estantería. Allí no encontraron un tesoro, pero sí otra cosa que podía servir: una pieza triangular de construcción apuntaba hacia la puerta del patio. Carlitos decidió que era una señal. Gabriel dijo que podía estar simplemente tirada. Mateo propuso comprobar las dos teorías. Salieron al patio con permiso de la profesora Sofía. Junto al arenero había una ramita en forma de Y. Más allá, tres tizas olvidadas formaban casi una línea....

Lo que no hacía falta emitir

A las doce y siete, cuando Inés subió el primer fader de la noche, Radio Horizonte sonaba exactamente como debía sonar. Una canción terminaba bajo su voz, Mauro levantaba dos dedos detrás del cristal para marcarle que iban bien de tiempo y el reloj redondo del Estudio 2 avanzaba con esa parsimonia que solo tenían los relojes cuando todo estaba bajo control. Inés abrió su libreta color vino por una página limpia y escribió la hora de la primera llamada. —Seguimos en La última hora —dijo, acercándose al micrófono—. Si aún estáis despiertos, podéis acompañarnos un rato. La luz roja sobre la puerta se encendió. Mauro, desde la pecera, señaló una línea preparada. Había hablado unos segundos con la mujer que esperaba al otro lado y escribió en una nota: «Sonia. Dedicatoria a su hermana. Nada raro». Inés sonrió al leerlo. Aquellas cuatro palabras eran casi una bendición en un programa en directo. Sonia entró en antena con una voz baja, algo ronca, como si llevara mucho rato ensayando sin ...