A Rosa le extrañó que las hojas estuvieran mojadas solo por debajo. La mañana había amanecido limpia y seca, y el pequeño arce del patio no estaba cerca de ningún aspersor. Sin embargo, cuando Rosa levantó una de sus hojas, encontró varias gotas transparentes pegadas al envés, redondas como cuentas de cristal. Tocó la tierra de la maceta: estaba húmeda, pero no empapada. Sacó la libreta de campo y anotó la hora. Luego dibujó una hoja con tres puntos debajo. Primera hipótesis: alguien ha regado desde arriba. Miró las baldosas, el borde de la maceta y las plantas vecinas. Todo estaba seco. —Entonces la lluvia tiene muy buena puntería —dijo el profesor López cuando Rosa se lo enseñó. Rosa sonrió, pero no tachó todavía su idea. Buscó otras hojas del mismo arce. Algunas estaban completamente secas; otras guardaban una o dos gotas justo cerca de las puntas. En una hoja joven encontró una gota tan grande que tembló al levantarla. Durante el recreo volvió con un trocito de papel absorbe...
Aquella mañana, El Tornillo Feliz hacía un ruido que no estaba en ninguno de los cajones: tic... tic... tic... . Vera dejó el lápiz sobre su banco de trabajo y ladeó la cabeza. Tornillo encendió sus ojos turquesa, giró sobre sus ruedas y proyectó en la pared un enorme signo de interrogación. El ruido venía de una caja de cartón que una vecina había dejado para reparar. Dentro había un pequeño ventilador de mesa, redondo y amarillo, que giraba despacio aunque Inés ya lo había desconectado. Vera acercó la oreja sin tocarlo. Tic... tic... tic... . —Seguro que una pieza está suelta —dijo—. Si la sujetamos muy fuerte, dejará de sonar. Inés sonrió desde el banco grande. —Antes de sujetar nada, averigua qué hace el ruido. Yo abriré la carcasa cuando esté completamente parado. Vera asintió, aunque sus manos ya buscaban una cinta, dos pinzas de madera y una goma elástica. Tornillo emitió tres pitidos cortos y levantó ambos brazos como si dijera: «Primero mirar». Cuando las aspas se detuvier...