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Juan y el timbre fantasma

Juan llevaba toda la tarde mirando una caja pequeña llena de cables, una pila, un timbre viejo y un botón rojo que había encontrado en el cajón de herramientas de su padre. No tenía muy claro para qué servían todas aquellas piezas juntas, pero eso nunca había detenido a Juan. De hecho, normalmente era justo cuando no sabía para qué servía algo cuando empezaban sus mejores ideas. Max estaba tumbado debajo de la mesa, observándolo con un ojo abierto. Juan conectó dos cables, pulsó el botón y el timbre lanzó un sonido tan fuerte que Max salió disparado hasta el pasillo. —Perfecto —dijo Juan, satisfecho—. Funciona. Max volvió despacio, con la cabeza baja y una expresión que parecía decir que aquello no tenía nada de perfecto. La idea apareció unos segundos después. Juan llevó el timbre hasta el recibidor, escondió la caja detrás de una maceta y pasó un cable fino por debajo de la puerta de su habitación. Desde allí podría pulsar el botón y hacer sonar el timbre de casa sin que hubiera...
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Saltarín y Brincón y la luz del bosque

Saltarín y Brincón y la luz del bosque Saltarín y Brincón y la luz del bosque Saltarín y Brincón habían pasado toda la tarde ayudando al Abuelo Topo a recoger hojas secas cerca de su madriguera. Saltarín las amontonaba con tanta energía que algunas volvían a salir volando. Brincón, más paciente, las recogía de nuevo sin decir nada. Cuando el cielo empezó a oscurecer, el Abuelo Topo salió de su casa con una pequeña cesta. —Será mejor que regreséis antes de que anochezca —les dijo—. Esta noche el bosque estará especialmente oscuro. Saltarín se ajustó su bufanda verde. —¡Nos sabemos el camino de memoria! Brincón miró hacia los árboles. Las ramas parecían más altas cuando desaparecía la luz. —Sí... pero podemos ir deprisa. Los dos conejos se despidieron y comenzaron a caminar hacia casa. Al principio todo era fácil. Todavía quedaba una franja naranja entre las copas de los árboles y Saltarín reconocía cada piedra, cada raíz y cada arbusto. Pero poco a poco el bosque cambió. Lo...

Manuel y el misterio del canto invisible

Manuel y el misterio del canto invisible Manuel y el misterio del canto invisible Aquella tarde, Manuel estaba sentado en el suelo del salón con su cuaderno de pájaros abierto sobre las rodillas. Había dibujado un gorrión redondo, un petirrojo con el pecho naranja y un pato tan grande que casi no cabía en la página. —Este es el pato más enorme del mundo —explicó muy serio a sus hermanos Ignacio y Fernando. Ignacio miró el dibujo. —Parece una patata con pico. Manuel abrió mucho los ojos. —¡Porque todavía no le he dibujado las alas! Fernando soltó una carcajada. A su lado, Olivia, la tortuga de Manuel, avanzaba lentamente hacia una hoja de papel que había caído al suelo. —Olivia, no te comas mis apuntes —dijo Manuel, apartando la hoja justo a tiempo—. Son información importantísima. Entonces ocurrió algo extraño. Desde el jardín llegó un sonido. —¡Tiu! Manuel levantó la cabeza. Ignacio dejó de jugar. Fernando miró hacia la ventana. —¡Tiu! Los tres se quedaron en silen...

Saltarín y Brincón: La Gran Escapada

 Era una mañana soleada en el bosque, y Saltarín y Brincón , dos conejitos llenos de curiosidad, habían decidido aventurarse un poco más allá de su habitual zona de juegos. Llevaban mucho tiempo explorando las partes más seguras del bosque, pero ese día querían algo distinto. Querían ver qué había más allá del viejo roble, el gran árbol que marcaba el límite de su territorio conocido. —¿Crees que habrá algo interesante más allá del roble? —preguntó Saltarín, con sus orejas erguidas y los ojos llenos de emoción. —Seguro que sí, siempre he tenido curiosidad por saber qué hay más allá —respondió Brincón, dando un pequeño salto de entusiasmo. Los dos conejitos saltaron juntos, cruzando el límite que sus padres siempre les habían dicho que no debían pasar. La emoción de lo desconocido los guiaba mientras se adentraban en una parte del bosque que nunca habían visto antes. Había plantas nuevas, aromas diferentes y una extraña sensación de aventura que los envolvía. Saltarín y Brincón se ...

El Pequeño Sol: La siesta caminando

 El pequeño Sol , de apenas un año de edad, tenía una rutina que siempre seguía al pie de la letra: su siesta de después de la comida. Cada tarde, justo después de comer, era el momento de descansar. Sus padres lo acostaban en su cuna y Sol se dormía plácidamente. Sin embargo, ese día fue diferente. Estaban visitando a unos familiares y decidieron salir a pasear por el centro de la ciudad justo después de la comida. Para Sol, esto significaba una gran prueba, ya que no perdonaba su siesta por nada del mundo. El pequeño Sol iba agarrado de la mano de su madre, tambaleándose un poco a medida que sus ojitos se cerraban. El ruido de la calle y las risas de sus primos no parecían ayudar a mantenerlo despierto. Sus padres, al notarlo, intercambiaron una sonrisa cómplice; sabían que Sol no tardaría en quedarse dormido, aunque estuvieran de paseo. Y así fue. En medio del bullicio de la ciudad, entre risas y conversaciones, Sol se quedó dormido . Sin dejar de caminar, con su pequeña mano bi...

Manuel y su Amor por los Pájaros

  Manuel era un niño de 4 años, lleno de energía y con una imaginación inagotable . Tenía dos hermanos menores, Ignacio y Fernando , a los que adoraba, pero también disfrutaba de ser el mayor y de poder contarles todas las cosas que él sabía. Y Manuel sabía muchas cosas, sobre todo cuando se trataba de su tema favorito: los pájaros . Desde que aprendió a hablar, Manuel se había vuelto muy charlatán. A sus padres y a todos sus familiares les sorprendía lo bien que hablaba para su edad. Podía mantener una conversación sobre casi cualquier cosa, pero lo que más le apasionaba eran los pájaros . Conocía muchísimos nombres de especies diferentes y, aunque sus hermanos aún eran pequeños para entenderlo todo, a Manuel le encantaba compartir sus conocimientos con ellos, esperando que algún día compartieran también su amor por las aves. Manuel tenía una colección impresionante de juguetes de pájaros . Había pájaros de madera, pájaros de peluche, e incluso algunos de plástico que podían bat...

Saltarín y Brincón: Reconstruyendo la Madriguera

 Un día, tras una larga noche de lluvias intensas, Saltarín y Brincón se despertaron en su madriguera para encontrar que algo terrible había ocurrido. La madriguera estaba completamente inundada . Había habido una gran riada y el agua había entrado, empapando todo a su paso. Los dos conejitos se miraron con tristeza; su hogar, que tanto habían cuidado y amado, estaba destruido. No podían quedarse así. Pero Saltarín y Brincón no eran del tipo que se desanimaban fácilmente. Después de un par de suspiros y una gran sacudida de orejas, decidieron que era hora de ponerse manos a la obra y reconstruir su madriguera . Sabían que podían hacerla incluso mejor que antes, y no pensaban rendirse. Primero, empezaron por sacar todas las cosas mojadas y hacer una limpieza profunda. Trabajaron juntos, sacando la tierra mojada y apartando los escombros que la corriente había arrastrado al interior. Al cabo de unas horas, el sol brillaba en el cielo y comenzaron a sentir un poco de esperanza. El c...