—¡Se están revolcando! —gritó Manuel desde la puerta del jardín—. ¡Papá, los gorriones se han vuelto locos! En un rincón donde el sol había secado la tierra, tres gorriones daban pequeños saltos y luego se tumbaban de lado. Movían las alas tan deprisa que levantaban nubecitas de polvo. Manuel salió con su cuaderno bajo el brazo, pero se detuvo antes de acercarse demasiado. —No están locos —dijo muy serio—. Seguro que buscan una semilla escondida. O una hormiga. O… ¡un tesoro de pájaros! Ignacio y Fernando llegaron detrás de él. Fernando se agachó y señaló el suelo sin decir nada; Ignacio miró a los gorriones y después miró la regadera azul que estaba junto a la pared. —¿Tienen sed? —preguntó Ignacio. Manuel abrió mucho los ojos. Aquello sí parecía una pista importante. Corrió hacia la regadera, pero su padre le recordó que no convenía acercarse mientras los pájaros estaban tranquilos en el suelo, así que Manuel volvió junto a sus hermanos y dejó la regadera donde estaba. Los tre...
Lucía encontró la llave mientras buscaba una canica debajo del banco del taller. Era pequeña, de latón oscuro, con tres dientes desiguales y un hilo verde atado al aro. No parecía importante, pero estaba guardada en una cajita forrada de terciopelo, entre dos resortes y una lupa antigua. —Abuelo, ¿qué abre esto? Manolo se acercó, se puso las gafas y sostuvo la llave entre dos dedos. —Depende —dijo con su voz ronca y tranquila—. Hay llaves que abren puertas. Y hay puertas que necesitan recordar que todavía pueden abrirse. Lucía levantó una ceja. —Eso no tiene ningún sentido. —Entonces quizá sea una buena historia. Manolo apagó la lámpara grande del taller y dejó encendida solo la pequeña luz ámbar de su mesa; fuera, las ramas del naranjo rozaban el cristal con un susurro. —Dicen que, hace muchos años, hubo un pueblo llamado Vallequieto donde todas las casas cerraban sus puertas antes de que sonara la última campana de la tarde. No era porque hubiera lobos ni ladrones. En Vallequieto...