El plan tenía tres pasos: meter los polos en la nevera portátil, cruzar el jardín sin correr y llegar a la mesa antes de que Ana terminara de colocar los vasos. Juan lo había repetido dos veces porque, según él, un plan que podía decirse en menos de diez segundos era casi imposible que saliera mal. Max, sentado junto a la puerta con la lengua fuera, parecía menos convencido. Aquella tarde hacía tanto calor que la fiesta del barrio se había trasladado al jardín de casa. Sobre una mesa esperaban limonada, servilletas y una montaña de fruta, pero los polos seguían dentro, en el congelador. Juan había prometido llevarlos cuando todos estuvieran preparados. Ana miró el sol y levantó una ceja. —Como tardes, tendremos sopa de fresa. —Tardaré cuarenta segundos —respondió Juan. Entonces vio el carrito rojo con el que de pequeño transportaba juguetes. Cabían la nevera portátil, dos bolsas de hielo y, según calculó Juan, unos veinte segundos de ventaja contra el calor. La ruta directa hasta la...
La sombra de Carlitos llegó a la puerta del patio antes que él. —¡Eh! —gritó—. ¡Me está ganando! Gabriel miró al suelo: su sombra también se estiraba larguísima sobre las baldosas, con los brazos como dos ramas negras. Mateo dio un salto y la suya saltó con él. —¿Y si nuestras sombras quieren irse de excursión? —dijo Gabriel. —Pues la mía no se va sin mí —contestó Carlitos, y echó a correr. Los tres corrieron hacia la puerta pintada de azul; las sombras llegaron primero, y Carlitos frenó de golpe para señalarlas. —Hacen trampas. Tienen las piernas larguísimas. Mateo se agachó y tocó con un dedo la punta de su propia sombra. —Podemos hacerles un camino. Cogieron tizas del cubo del patio: Mateo dibujó una carretera amarilla, Gabriel añadió una estación espacial redonda y Carlitos hizo un castillo con una puerta enorme y tres ventanas torcidas. Cuando volvieron a ponerse de pie, sus sombras caían justo encima de los dibujos. —La mía ha entrado en el castillo —dijo Carlitos. —La mía es...