El círculo apareció después de dos días de lluvia, justo donde el césped del parque se volvía más oscuro junto a los pinos. Rosa lo vio desde el sendero: una docena de pequeñas setas color miel formaban una curva tan regular que parecía trazada con un compás. Se detuvo, abrió su libreta y dibujó tres de ellas antes de acercarse. La tierra olía a hojas mojadas y a madera, y sobre los sombreritos temblaban gotas diminutas. No era un círculo completo. Faltaba un tramo junto a una raíz gruesa, pero el resto seguía una línea casi perfecta. Rosa miró alrededor buscando una maceta enterrada, una cuerda o cualquier cosa que pudiera explicar aquella forma. No encontró nada. Escribió: «Hipótesis 1: alguien las ha plantado así» y dejó debajo espacio para las pruebas. Su madre, que esperaba unos metros más allá con una bolsa de pan, sonrió al verla agachada. —No las toques si no sabes qué setas son —le recordó. Rosa asintió. Aquella era una regla que conocía bien: observar primero, y las seta...
El sendero de las avellanas amaneció cubierto de pequeñas cáscaras marrones. Saltarín y Brincón lo recorrían con una cesta entre los dos, camino de la casa de la señora Ardilla. Ella había prometido preparar panecillos para la merienda del claro, y ellos llevaban un tarro de miel para ayudar. Al llegar a la cuesta de los helechos, Saltarín se detuvo tan deprisa que Brincón chocó con la cesta. Del otro lado del sendero llegaba un golpecito irregular: toc, toc... toc. No parecía un pájaro ni una rama movida por el viento. —Voy a mirar —dijo Saltarín, dejando la cesta junto a una raíz. —Y yo voy a mirar por dónde vas a mirar —respondió Brincón. Bajaron entre los helechos siguiendo el sonido. Primero pasaron una piedra blanca, luego un tronco cubierto de musgo y después una mata de zarzas que obligó a Saltarín a agachar las orejas. El toc, toc sonaba ahora justo debajo de ellos. En una pendiente estrecha encontraron la causa. Una carretilla diminuta, cargada de avellanas, había queda...