Cuando Rosa abrió la puerta del pequeño cobertizo del jardín escolar, lo primero que notó no fue lo que veía. Fue el olor. Húmedo. Fresco. Un poco dulce. Como cuando se corta una rama verde y la lluvia acaba de tocar la tierra. Rosa se quedó quieta con una caja de etiquetas de madera entre las manos. Había entrado únicamente para buscar unas macetas, pero aquel olor no estaba allí el día anterior. Dejó la caja sobre una mesa y sacó su libreta. Olor nuevo en el cobertizo. Martes, 8:17. Después miró alrededor. Palas. Regaderas. Sacos de tierra. Una bandeja de semillas. Todo parecía normal. Hasta que vio la primera mancha azul. Estaba en el suelo, junto a una maceta vacía. Era pequeña y redonda, del tamaño de una moneda. Más adelante había otra. Y otra. Rosa se agachó. Las manchas formaban un camino. —Eso sí que no estaba ayer —murmuró. Las siguió hasta la puerta trasera del cobertizo. Allí desaparecían entre la hierba del jardín. Rosa dibujó tres círculos azules en s...
Ploc. Sol levantó la cabeza. Estaba sentado en la alfombra del salón con una pieza de madera entre las manos. Afuera llovía. La ventana estaba llena de pequeñas gotas transparentes. Ploc. Una de ellas apareció arriba del cristal. Sol la vio. La gota empezó a bajar. Despacio primero. Después más rápido. Sol dejó la pieza de madera. Apoyó una mano en el suelo. Luego la otra. Gateó hasta la ventana. La gota seguía bajando. Sol también. Bueno, Sol no bajaba. Sol avanzaba por la alfombra. Pero para él aquello parecía exactamente una carrera. Llegó al cristal y apoyó la palma. Frío. Retiró la mano. Miró sus dedos. Volvió a tocar. Frío otra vez. Sol abrió mucho los ojos. Al otro lado del cristal, la gota continuó su camino. —Ahhh —dijo Sol. La señaló. La gota llegó hasta abajo y desapareció. Sol esperó. Nada. Miró arriba. Otra gota. Ploc. Esta era más pequeña. Bajó haciendo una curva. Sol movió el dedo por el cristal intentando seguirla. Arriba. Abajo. Un...