En El Tornillo Feliz había una maceta que parecía no ponerse nunca de acuerdo con el taller. Inés la había dejado junto a la ventana porque allí recibía buena luz, pero cada mañana aparecía un pequeño círculo de tierra sobre el suelo, justo al lado del plato. Vera lo barría, colocaba la maceta en su sitio y, al día siguiente, la tierra volvía a estar allí. —La maceta tiene una fuga —decidió Vera, agachándose para mirar el borde. Tornillo se acercó sobre sus ruedas, encendió los ojos turquesa y proyectó una gota. —No de agua —aclaró Vera—. De tierra. Podemos hacerle una pared para que no se escape. Con cartón rígido, Vera construyó un aro bajo alrededor del plato. No tocaba la planta ni tapaba el drenaje, y a ella le pareció una solución perfecta. Tornillo recorrió el círculo despacio, proyectó una pequeña muralla y emitió un pitido satisfecho. A la mañana siguiente, sin embargo, había tierra fuera del aro. Vera se quedó con las manos en la cintura. —Entonces salta. Tornillo proyect...
Ras, ras, ras. Algo seco rozó el suelo junto a la puerta del jardín. Sol dejó de apretar su pelota y miró hacia allí. Una hoja marrón había entrado en casa. Dio una vuelta sobre sí misma, empujada por el aire, y se quedó quieta junto a la alfombra. Sol gateó hasta ella. Primero la tocó con un dedo. La hoja crujió: crac. Sol retiró la mano, abrió mucho los ojos y volvió a tocarla. Crac, crac. Esta vez sonrió. Mamá estaba cerca de la puerta abierta, guardando unas macetas pequeñas. Otra ráfaga movió las ramas del jardín y dos hojas más cruzaron el umbral. Una amarilla aterrizó debajo de una silla. Otra, pequeña y rojiza, siguió rodando por el pasillo. Sol fue detrás de la amarilla. Gateó hasta la silla, se agachó todo lo que pudo y estiró el brazo. Sus dedos rozaron la punta, pero la hoja se deslizó un poquito más. Sol soltó un «¡ah!» muy serio y cambió de lado. Una mano, otra mano, una rodilla, otra rodilla. Rodeó la silla y allí estaba la hoja, enorme y arrugada desde tan cerca. ...