Bzzzzzz. Sol levantó la cabeza. El sonido venía del pasillo, grave y suave, como un abejorro escondido detrás de la puerta. Apoyó las manos en el suelo y esperó. Bzzzzzz. Otra vez. Entonces apareció una cosa redonda y negra. Avanzaba sola, despacito, rozando la pared antes de girar hacia el salón. Encima llevaba algo naranja. Sol parpadeó y abrió la boca: era uno de sus calcetines, y el calcetín se alejaba. Sol gateó detrás. Una mano, otra mano, una rodilla, otra rodilla. La cosa redonda pasó junto al sofá y Sol aceleró, pero justo cuando iba a tocar el calcetín, giró de nuevo. Bzzzzzz. El calcetín siguió navegando sobre aquella isla diminuta. Papá estaba cerca, recogiendo unos juguetes. Vio a Sol perseguir al aparato y apartó un bloque del camino. Sol siguió avanzando, muy serio, con la vista fija en aquel punto naranja que se escapaba sin correr. Entonces la isla entró bajo la mesa. Desde el suelo, las patas de las sillas parecían troncos enormes. Sol se detuvo un instante y mi...
A las once de la mañana, las flores amarillas del patio parecían pequeños soles abiertos entre la hierba. A las doce y cuarto, muchas se habían cerrado. Rosa se agachó junto a ellas con la libreta apoyada en una rodilla y frunció el ceño: el cielo seguía claro y nadie había pisado aquel rincón. Anotó la hora y dibujó una de las flores, con sus pétalos apretados como un pincel. La tierra estaba tibia, pero no seca; al tocarla con la yema de un dedo notó todavía algo de humedad. Rosa pensó que quizá el calor las había cansado. Era una idea razonable, aunque había algo que no encajaba: otras flores iguales, junto al muro, continuaban abiertas. —¿Qué miras con tanta seriedad? —preguntó el profesor López al cruzar el patio con una caja de lupas. Rosa señaló los dos grupos. —Estas se han cerrado y aquellas no. Creo que es por el calor, pero hace el mismo calor para todas. El profesor miró primero las flores y después el cielo. —Entonces tu primera idea ya te ha regalado una pregunta mej...