La persiana de El Tornillo Feliz tenía una costumbre muy rara: a las cuatro y doce de la tarde bajaba sola hasta la mitad, aunque nadie se lo pidiera. Vera lo descubrió porque estaba dibujando una caja para ordenar tuercas cuando la luz del taller desapareció de golpe. Tornillo giró sus ojos turquesa hacia la ventana y proyectó un pequeño sol seguido de un signo de interrogación. —El motor se está cansando —dijo Vera, levantándose de un salto—. Seguro que necesita algo para tirar mejor. Inés, que revisaba una lámpara en el banco grande, negó con una sonrisa. —Antes de ayudar al motor, averigua si el motor está haciendo algo mal. La persiana tiene un sensor de luz; baja cuando el sol entra demasiado fuerte para que el taller no se recaliente. Vera miró el pequeño sensor redondo junto al marco. A las cuatro y trece, la persiana volvió a subir. Aquello no parecía un motor cansado: parecía un motor demasiado obediente. Tornillo emitió dos pitidos y proyectó un icono de reloj. Vera apunt...
Aquella mañana, el viento había barrido el claro hasta dejarlo brillante. Saltarín y Brincón caminaban hacia el huerto de los castores con una cesta vacía entre los dos, porque habían prometido recoger unas semillas de girasol para los pájaros antes de que llegara la tarde. Al pasar junto al prado alto, una ráfaga dobló las hierbas casi hasta el suelo. Entonces algo dorado cruzó el sendero, girando en el aire como un puñado de diminutos paracaídas. Saltarín levantó las orejas. —¡Mira! ¡Una nube que se ha caído al bosque! Brincón siguió con la mirada aquellas motitas. —No es una nube. Son semillas. Un poco más adelante encontraron a una ardilla junto a un saco abierto. El viento había soltado el nudo y había esparcido por el prado las semillas que la comunidad guardaba para sembrar junto al claro. Algunas seguían cerca, pero otras desaparecían entre las hierbas altas. —Podemos recogerlas —dijo Saltarín, dejando la cesta en el suelo. Y antes de que Brincón contestara, ya estaba saltan...