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Sol y las hojas viajeras

Sol y las hojas viajeras

Ras, ras, ras.

Algo seco rozó el suelo junto a la puerta del jardín. Sol dejó de apretar su pelota y miró hacia allí. Una hoja marrón había entrado en casa. Dio una vuelta sobre sí misma, empujada por el aire, y se quedó quieta junto a la alfombra.

Sol gateó hasta ella. Primero la tocó con un dedo. La hoja crujió: crac. Sol retiró la mano, abrió mucho los ojos y volvió a tocarla. Crac, crac. Esta vez sonrió.

Mamá estaba cerca de la puerta abierta, guardando unas macetas pequeñas. Otra ráfaga movió las ramas del jardín y dos hojas más cruzaron el umbral. Una amarilla aterrizó debajo de una silla. Otra, pequeña y rojiza, siguió rodando por el pasillo.

Sol fue detrás de la amarilla. Gateó hasta la silla, se agachó todo lo que pudo y estiró el brazo. Sus dedos rozaron la punta, pero la hoja se deslizó un poquito más. Sol soltó un «¡ah!» muy serio y cambió de lado.

Una mano, otra mano, una rodilla, otra rodilla. Rodeó la silla y allí estaba la hoja, enorme y arrugada desde tan cerca. La agarró por fin. Crujió entre sus dedos sin romperse, y Sol la levantó como si hubiera encontrado un tesoro.

Sol gatea junto a una silla para alcanzar una gran hoja amarilla que el viento ha llevado dentro de casa.

Entonces oyó otro sonido. Ras, ras, ras. La hoja rojiza seguía viajando por el pasillo. Sol dejó la amarilla sobre la alfombra y emprendió una nueva expedición.

La rojiza se detuvo junto a un cojín caído. Sol apoyó una mano en él, subió una rodilla y pasó por encima con esfuerzo. Al bajar por el otro lado, encontró la hoja pegada a su calcetín. Sacudió el pie. La hoja no cayó.

Sol miró su pie, luego miró a mamá y volvió a sacudirlo. Flap, flap. Mamá se echó a reír. Sol también, aunque la hoja seguía allí.

Mamá se sentó a su lado y despegó la pequeña viajera. Puso las tres hojas juntas sobre el suelo: marrón, amarilla y roja. Sol las tocó una por una. Crac. Crac. Crac.

Desde el jardín llegó una brisa más suave. Sol se quedó sentado, con las hojas delante y las mejillas calientes de tanto gatear. Agarró la amarilla con las dos manos, la apoyó sobre su barriga y bostezó.

Las hojas ya no viajaban. Sol tampoco.

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