A las once y cuarenta y siete, cuando el último autobús ya había dejado de verse detrás de la curva de salida, Clara encontró un vaso de café sobre el banco número seis. No era raro encontrar vasos. Lo raro era que aún saliera vapor. Se detuvo con el manojo de llaves en una mano y la libreta negra en la otra. La cafetería llevaba cerrada desde las diez y media. La máquina expendedora servía café, pero usaba vasos blancos con una franja verde; aquel era de cartón marrón, sin marca. Clara tocó el costado con dos dedos. Caliente. Escribió en la libreta: «23:47. Banco 6. Café reciente». Solo hechos. —¿Te has dejado uno para mañana? —preguntó Mateo desde el otro extremo del vestíbulo. —Yo no bebo café a estas horas. —Por eso conservas la fe en la humanidad. Mateo siguió comprobando puertas. Clara miró alrededor. Las luces de limpieza dejaban media sala en penumbra y duplicaban los bancos en las cristaleras. No había pasajeros. La puerta principal ya estaba cerrada para entradas y las ...
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