El plan tenía tres pasos: meter los polos en la nevera portátil, cruzar el jardín sin correr y llegar a la mesa antes de que Ana terminara de colocar los vasos. Juan lo había repetido dos veces porque, según él, un plan que podía decirse en menos de diez segundos era casi imposible que saliera mal. Max, sentado junto a la puerta con la lengua fuera, parecía menos convencido.
Aquella tarde hacía tanto calor que la fiesta del barrio se había trasladado al jardín de casa. Sobre una mesa esperaban limonada, servilletas y una montaña de fruta, pero los polos seguían dentro, en el congelador. Juan había prometido llevarlos cuando todos estuvieran preparados. Ana miró el sol y levantó una ceja. —Como tardes, tendremos sopa de fresa. —Tardaré cuarenta segundos —respondió Juan.
Entonces vio el carrito rojo con el que de pequeño transportaba juguetes. Cabían la nevera portátil, dos bolsas de hielo y, según calculó Juan, unos veinte segundos de ventaja contra el calor. La ruta directa hasta la mesa cruzaba el césped, pasaba junto al aspersor apagado y terminaba bajo el gran toldo. Juan enganchó una cuerda al carrito y sonrió. El plan acababa de mejorar.
Sacó los polos del congelador, los metió en la nevera y cerró la tapa. —¡Cronómetro! —gritó. Ana pulsó el suyo. Juan tiró de la cuerda y el carrito salió detrás de él con un traqueteo perfecto. Diez segundos. Quince. Max corría a su lado como si aquello fuera una competición oficial.
A los veinte segundos, una rueda encontró una piña seca escondida en el césped. El carrito dio un salto, la tapa se abrió y una bolsa de hielo salió disparada. Juan frenó, volvió atrás y la recogió. —Veintisiete segundos —anunció Ana desde la mesa. —Eso no cuenta. Ha sido un obstáculo no declarado.
Juan cerró la tapa con más fuerza y tomó una decisión: evitaría el césped. El sendero de baldosas era más largo, pero mucho más liso. Tiró del carrito hacia allí y empezó a acelerar. Funcionó tan bien que el carrito dejó de traquetear y comenzó a deslizarse detrás de él con una elegancia casi profesional.
Juan todavía no sabía que Max había visto una pelota debajo del banco.
El perro se lanzó a por ella justo cuando Juan pasaba a su lado. La cuerda rozó una pata del banco, cambió de dirección y el carrito giró como si hubiera decidido tomar otra ruta. —¡Max! —gritó Juan. La nevera pasó junto a una maceta, esquivó por centímetros una silla y se dirigió directamente hacia el aspersor.
Juan soltó la cuerda y corrió para interceptarlo. Llegó antes, plantó un pie delante de la rueda y detuvo el carrito. La nevera seguía cerrada. Los polos seguían dentro. Juan levantó los brazos. —Control total. Ana señaló detrás de él. Max, con la pelota en la boca, acababa de pisar el mando del riego.
El aspersor despertó con un chasquido.
Un abanico de agua cruzó el jardín. Juan se agachó. El primer chorro pasó por encima de su cabeza y golpeó el toldo. El segundo empapó la cuerda. El tercero alcanzó una rueda del carrito, que empezó a avanzar lentamente por la ligera pendiente del sendero. —¡Treinta y nueve segundos! —gritó Ana, riéndose.
Juan corrió detrás del carrito. Ya no intentaba batir ningún récord; solo quería impedir que la merienda acabara debajo de un arbusto. Saltó sobre un charco, rodeó una silla y atrapó la cuerda justo cuando la nevera llegaba al borde del césped. Pero tirar hacia atrás solo hizo que las ruedas patinaran.
Entonces vio la vieja esterilla de picnic enrollada junto a la mesa. —¡Ana, la esterilla! —Ella entendió al instante. La desenrolló sobre el césped como una pista. Juan orientó el carrito hacia ella y, en vez de luchar contra la pendiente, lo dejó avanzar despacio hasta que las ruedas entraron en la tela y perdieron velocidad.
El carrito se detuvo exactamente junto a la mesa.
Ana paró el cronómetro. —Un minuto y doce segundos. Juan abrió la nevera con cuidado. Los polos estaban enteros, fríos y perfectamente congelados. Max apareció con la pelota, mojado de la cabeza a la cola, y se sacudió junto a ellos.
Una lluvia de gotas cayó sobre Juan y Ana.
Durante un segundo hubo silencio. Después los dos empezaron a reír.
Juan repartió los polos y dejó el carrito a la sombra. —Mi sistema funcionaba —dijo mientras desenvolvía uno de limón. —Tu sistema casi se marcha solo a vivir al seto —contestó Ana. Juan miró la esterilla, el carrito y el aspersor todavía girando. —Le faltaba una fase de frenado.
Ana negó con la cabeza. Max dejó la pelota a los pies de Juan.
Juan sonrió.
—Y quizá un copiloto menos peludo.
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