Aquella noche llovía sobre los cristales del taller del abuelo Manolo. No era una lluvia fuerte, sino una de esas lluvias pacientes que parecen tener todo el tiempo del mundo. Lucía estaba sentada en un taburete, envuelta en una manta, mientras su abuelo ordenaba tornillos diminutos en una caja de madera.
—Abuelo —preguntó de pronto—, ¿adónde van los minutos que desperdiciamos?
Manolo dejó una pequeña rueda dentada sobre la mesa.
—¿Desperdiciamos minutos?
—Claro. Cuando esperas algo y te aburres. O cuando buscas un calcetín y no aparece. O cuando mamá dice “salimos en cinco minutos” y luego tarda muchísimo.
Manolo se quitó las gafas, las limpió con el borde del chaleco y miró a su nieta.
—Ah. Esos minutos.
En el rincón más alto del taller había un reloj que Lucía no recordaba haber visto nunca. Era pequeño, de madera oscura, con una puerta redonda y doce números dorados casi borrados por el tiempo.
Manolo lo señaló.
—Pues dicen que hubo una vez un reloj que sabía exactamente dónde iban.
Lucía acomodó la manta.
Y el abuelo empezó a contar.
Hace muchos años, en un pueblo llamado Valdemora, vivía un relojero llamado Elías. Reparaba relojes de pared, relojes de bolsillo, despertadores y hasta un enorme reloj de torre que tenía la mala costumbre de adelantarse los martes.
Elías era un hombre preciso. Cada mañana abría su tienda a las ocho. A las ocho y cinco calentaba agua. A las ocho y siete preparaba té. A las ocho y diez empezaba a trabajar.
Nunca llegaba tarde.
Nunca se entretenía.
Y jamás entendía a la gente que decía:
—¡No sé dónde se me ha ido el tiempo!
—El tiempo no se va a ninguna parte —respondía Elías—. Sois vosotros quienes no sabéis usarlo.
Una tarde apareció en su tienda una anciana con un reloj envuelto en un pañuelo azul.
Era un aparato extraño. Tenía una esfera sin números y una única aguja que no apuntaba a ninguna hora.
—Está roto —dijo Elías.
—No exactamente.
—Entonces no marca el tiempo.
—No exactamente.
A Elías no le gustaban las respuestas que empezaban por “no exactamente”.
La anciana colocó el reloj sobre el mostrador.
—Este aparato recoge los minutos que la gente cree haber perdido.
Elías soltó una pequeña risa.
—Los minutos no se pueden guardar.
La anciana sonrió.
—Eso también lo dijo el relojero anterior.
Antes de que Elías pudiera preguntar quién había sido aquel relojero, la mujer salió de la tienda y desapareció bajo la lluvia.
Aquella noche, Elías examinó el mecanismo.
No tenía muelle.
No tenía pila.
No tenía pesas.
Y, sin embargo, a medianoche hizo:
Tac.
Elías levantó la cabeza.
Tac.
La única aguja avanzó un poco.
Entonces ocurrió algo todavía más extraño.
Desde el interior del reloj llegó una voz diminuta.
—¡Qué aburrimiento!
Elías se acercó.
Otra voz respondió:
—Solo llevamos tres minutos esperando.
—¡Pues parecen cien!
El relojero reconoció aquellas voces. Eran dos niños que aquella mañana habían esperado delante de la panadería.
Elías abrió la tapa trasera.
En lugar de engranajes vio una pequeña luz dorada girando lentamente.
Al día siguiente, el reloj volvió a sonar.
Tac.
Dentro apareció otro minuto.
Y después otro.
Minutos pasados mirando una olla que todavía no hervía.
Minutos esperando a que dejara de llover.
Minutos perdidos buscando unas llaves.
Minutos durante los que nadie sabía qué hacer.
Cada noche, el reloj se llenaba un poco más.
Al principio Elías se sintió fascinado.
Después empezó a preocuparse.
La aguja avanzaba.
La luz dorada crecía.
Y una madrugada, el reloj hizo:
Tac.
Tac.
Tac.
Tac.
La puerta de madera se abrió sola.
Cientos de pequeños destellos salieron volando por la tienda.
Cada uno llevaba dentro un sonido.
Una carcajada.
Una canción silbada.
Un suspiro.
El ruido de una cuchara dentro de una taza.
Elías intentó atraparlos, pero los minutos escaparon por debajo de la puerta.
A la mañana siguiente ocurrió algo extraño en Valdemora.
La señora que esperaba el autobús vio una fila de hormigas transportando una miga enorme y se quedó observándolas.
El panadero, mientras aguardaba a que subiera el pan, inventó una canción.
Dos niños que esperaban a su padre encontraron una piedra con forma de corazón.
Un hombre que había perdido sus llaves descubrió dentro de un cajón una carta que creía extraviada desde hacía veinte años.
Los minutos habían regresado.
Pero no exactamente como se habían marchado.
Elías pasó todo el día pensando.
Aquella tarde cerró la tienda cinco minutos antes.
Eso no lo había hecho nunca.
Caminó hasta la plaza y se sentó en un banco.
No tenía ningún recado.
No esperaba a nadie.
No estaba reparando nada.
Durante el primer minuto se sintió incómodo.
Durante el segundo miró el reloj.
Durante el tercero escuchó un mirlo cantando desde un tejado.
En el cuarto vio cómo las nubes se abrían sobre la torre de la iglesia.
Y en el quinto ocurrió algo extraordinario.
Nada.
Absolutamente nada.
Elías sonrió.
Cuando regresó a la relojería, la anciana del pañuelo azul estaba esperándolo.
—Ya sabe para qué sirve —dijo.
Elías miró el extraño reloj.
—Creo que no recoge minutos perdidos.
—No exactamente.
El relojero sonrió.
Por primera vez aquella respuesta no le molestó.
—Recoge minutos que todavía no sabemos mirar.
La anciana inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso está bastante mejor.
Aquella noche dejó el reloj en la pared.
Y allí permaneció muchos años.
A veces pasaban semanas sin que la aguja se moviese.
Otras noches daba varias vueltas.
Pero Elías dejó de preocuparse.
Cuando alguien entraba apresurado en la tienda diciendo que había perdido diez minutos esperando, el relojero señalaba una silla junto a la ventana.
—Siéntese —decía—. Quizá todavía podamos encontrarlos.
El abuelo Manolo guardó silencio.
Fuera seguía lloviendo.
Lucía observó el pequeño reloj de madera que colgaba en el rincón del taller.
—¿Ese es el reloj de Elías?
Manolo miró hacia arriba.
—¿Cuál?
Lucía señaló.
El reloj ya no estaba.
En su lugar solo había un clavo antiguo en la pared.
—¡Estaba ahí!
—Será mejor que no perdamos tiempo buscándolo —dijo Manolo.
Lucía frunció el ceño.
Entonces, desde algún lugar del taller, se escuchó un sonido pequeño y seco.
Tac.
Los dos permanecieron quietos.
Pasó un minuto entero.
Ninguno dijo nada.
Y aquella vez Lucía no tuvo la sensación de haberlo perdido.
Comentarios
Publicar un comentario