La sombra de Carlitos llegó a la puerta del patio antes que él. —¡Eh! —gritó—. ¡Me está ganando! Gabriel miró al suelo: su sombra también se estiraba larguísima sobre las baldosas, con los brazos como dos ramas negras. Mateo dio un salto y la suya saltó con él.
—¿Y si nuestras sombras quieren irse de excursión? —dijo Gabriel. —Pues la mía no se va sin mí —contestó Carlitos, y echó a correr. Los tres corrieron hacia la puerta pintada de azul; las sombras llegaron primero, y Carlitos frenó de golpe para señalarlas. —Hacen trampas. Tienen las piernas larguísimas.
Mateo se agachó y tocó con un dedo la punta de su propia sombra. —Podemos hacerles un camino. Cogieron tizas del cubo del patio: Mateo dibujó una carretera amarilla, Gabriel añadió una estación espacial redonda y Carlitos hizo un castillo con una puerta enorme y tres ventanas torcidas.
Cuando volvieron a ponerse de pie, sus sombras caían justo encima de los dibujos. —La mía ha entrado en el castillo —dijo Carlitos. —La mía está despegando —dijo Gabriel. Mateo miró la suya y añadió: —La mía se ha metido en la cocina del castillo. Seguro que está haciendo sopa de estrellas.
Durante un rato, el patio dejó de ser un patio. Las líneas de tiza se convirtieron en calles, puentes y montañas. Las sombras avanzaban por aquel país cada vez que los niños levantaban un brazo, daban un paso o giraban sobre sí mismos.
Carlitos puso las manos en la cintura. —Hay una regla: ninguna sombra puede salirse del mapa. Gabriel levantó una ceja. —¿Y si quiere explorar? —Entonces tiene que pedir permiso. Mateo se rio y dibujó una puerta pequeñísima al borde del mapa. —Por aquí pueden salir.
En ese momento, una nube grande tapó el sol y las tres sombras desaparecieron. Carlitos se quedó quieto. —¿Dónde están? Gabriel miró detrás de él, Mateo debajo del banco y Carlitos levantó un pie por si su sombra se hubiera quedado pegada a la suela.
No encontraron nada. —Se han ido por la puerta —dijo Mateo, señalando la abertura de tiza. Aquello era posible, al menos dentro del juego, así que los tres se arrodillaron junto al mapa: Gabriel dibujó una flecha hacia fuera y Mateo añadió tres huellas. Carlitos empezó a hacer otra línea, pero se detuvo. —No sabemos adónde han ido.
Por primera vez desde que había empezado el juego, ninguno dijo nada. Entonces Gabriel señaló el suelo. —Mira. Una esquina del banco acababa de recuperar su sombra; luego apareció la de una papelera y, después, una línea oscura salió despacio de los zapatos de Mateo.
La nube se estaba moviendo. —¡Están volviendo! —gritó Carlitos. El sol salió de nuevo y las tres sombras reaparecieron, pero ya no caían exactamente sobre los mismos dibujos: la de Gabriel cruzaba el castillo, la de Mateo tocaba la estación espacial y la de Carlitos se alargaba más allá de la pequeña puerta de tiza.
Carlitos abrió mucho los ojos. —La mía sí que salió. —Te dije que quería explorar —respondió Gabriel. Mateo dibujó una nueva calle allí donde terminaba la sombra. —Entonces ampliamos el mapa.
La profesora Sofía llamó desde la puerta para entrar a clase. Los tres dejaron las tizas en el cubo y se sacudieron las manos. Antes de irse, Carlitos miró una última vez el suelo: las sombras seguían detrás de ellos, largas y tranquilas. Junto a la puerta de tiza había una huella pequeña que ninguno recordaba haber dibujado.
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