—¡Se están revolcando! —gritó Manuel desde la puerta del jardín—. ¡Papá, los gorriones se han vuelto locos!
En un rincón donde el sol había secado la tierra, tres gorriones daban pequeños saltos y luego se tumbaban de lado. Movían las alas tan deprisa que levantaban nubecitas de polvo. Manuel salió con su cuaderno bajo el brazo, pero se detuvo antes de acercarse demasiado.
—No están locos —dijo muy serio—. Seguro que buscan una semilla escondida. O una hormiga. O… ¡un tesoro de pájaros!
Ignacio y Fernando llegaron detrás de él. Fernando se agachó y señaló el suelo sin decir nada; Ignacio miró a los gorriones y después miró la regadera azul que estaba junto a la pared.
—¿Tienen sed? —preguntó Ignacio.
Manuel abrió mucho los ojos. Aquello sí parecía una pista importante. Corrió hacia la regadera, pero su padre le recordó que no convenía acercarse mientras los pájaros estaban tranquilos en el suelo, así que Manuel volvió junto a sus hermanos y dejó la regadera donde estaba.
Los tres se sentaron en el escalón. Por una vez, Manuel no habló durante varios segundos.
Un gorrión hundió el pecho en la tierra seca. Después agitó las alas, sacudió la cabeza y quedó cubierto de una capita de polvo. Otro hizo lo mismo. El tercero esperó su turno dando saltitos alrededor.
—Pues bañarse, bañarse… no parece —susurró Manuel—. ¡No hay ni una gota!
Fernando arrastró un dedo por el escalón y dibujó un círculo. Luego hizo con las manos el mismo movimiento que acababa de hacer el gorrión: alas abiertas, cuerpo hacia un lado, sacudida rápida.
Manuel lo imitó. Se inclinó a la izquierda, luego a la derecha, y casi perdió el equilibrio.
—¡Es como si nadaran en tierra!
Ignacio soltó una carcajada. Entonces señaló algo que Manuel no había visto: cada vez que un gorrión terminaba de revolcarse, se apartaba unos centímetros y se sacudía con fuerza. Una pequeña nube marrón quedaba flotando un instante en el aire.
Manuel abrió el cuaderno. Dibujó tres gorriones dentro de un gran círculo de tierra y añadió alrededor muchas rayitas de polvo. Debajo hizo una gota de agua y la tachó.
—Baño sin agua —anunció—. Caso rarísimo.
Su padre, desde la mesa del porche, les contó que algunas aves se bañaban también en polvo y tierra seca. Manuel escuchó con la boca entreabierta. No era una pelea, ni una búsqueda de comida, ni un tesoro escondido: los gorriones estaban limpiándose a su manera.
—Yo sabía que hacían cosas importantes —dijo Manuel, recuperando enseguida su voz de experto—. Solo que… todavía no sabía cuál.
Los gorriones terminaron casi al mismo tiempo. Uno saltó a una maceta, otro subió a la valla y el tercero voló hasta una rama baja. Allí se sacudieron una vez más, esponjaron las plumas y empezaron a piar como si nada hubiera pasado.
Manuel miró a Ignacio y Fernando. Había sido Fernando quien vio primero el movimiento y había sido Ignacio quien pensó en un baño. Él, que sabía tantos nombres de pájaros, había necesitado las dos pistas de sus hermanos.
—Equipo de observadores —declaró, poniendo el cuaderno entre los tres—. Yo dibujo, Ignacio pregunta y Fernando ve las cosas que se me escapan.
Antes de entrar en casa, Manuel llevó el cuaderno hasta el rincón de Olivia. La tortuga asomó la cabeza lentamente mientras él le enseñaba el dibujo.
—Hoy los gorriones se bañaron sin agua —le explicó—. Y mañana vamos a mirar otra vez, porque a lo mejor hacen algo todavía más raro.
Desde la valla llegó un breve «chip-chip». Manuel levantó la cabeza de golpe, pero esta vez no salió corriendo.
Primero escuchó.
Comentarios
Publicar un comentario