Cuando Rosa abrió la puerta del pequeño cobertizo del jardín escolar, lo primero que notó no fue lo que veía.
Fue el olor.
Húmedo. Fresco. Un poco dulce.
Como cuando se corta una rama verde y la lluvia acaba de tocar la tierra.
Rosa se quedó quieta con una caja de etiquetas de madera entre las manos. Había entrado únicamente para buscar unas macetas, pero aquel olor no estaba allí el día anterior.
Dejó la caja sobre una mesa y sacó su libreta.
Olor nuevo en el cobertizo. Martes, 8:17.
Después miró alrededor.
Palas.
Regaderas.
Sacos de tierra.
Una bandeja de semillas.
Todo parecía normal.
Hasta que vio la primera mancha azul.
Estaba en el suelo, junto a una maceta vacía. Era pequeña y redonda, del tamaño de una moneda. Más adelante había otra.
Y otra.
Rosa se agachó.
Las manchas formaban un camino.
—Eso sí que no estaba ayer —murmuró.
Las siguió hasta la puerta trasera del cobertizo. Allí desaparecían entre la hierba del jardín.
Rosa dibujó tres círculos azules en su libreta.
Su primera idea llegó enseguida.
Hipótesis número uno: pintura.
Quizá alguien había pintado un banco, una caja o un cartel y había ido dejando gotas.
Buscó un bote abierto.
Nada.
Buscó pinceles.
Nada.
Pasó un dedo muy cerca de una de las marcas, sin tocarla.
La superficie no parecía pintura seca. Brillaba ligeramente.
Rosa acercó la nariz.
Olía a tierra mojada.
Aquello era raro.
Muy raro.
En el recreo regresó al jardín con el profesor López.
—He encontrado un camino azul —le anunció.
El profesor observó las manchas.
—¿Y hacia dónde va?
Rosa señaló la hierba.
—Eso es lo que quiero averiguar.
—Entonces yo empezaría por no llamarlo camino todavía.
Rosa frunció el ceño.
—Pero están una detrás de otra.
—También las piedras de un río parecen hacer caminos. Y nunca han decidido ir a ninguna parte.
Rosa escribió aquello en la libreta, aunque no estaba segura de si era una pista o una de esas frases que al profesor López le gustaba decir para hacerla pensar.
Las manchas continuaban fuera.
Una junto a la fuente.
Dos cerca de las lavandas.
Otra debajo de un arbusto.
Rosa siguió avanzando hasta que algo no encajó.
La siguiente mancha estaba sobre una hoja.
No debajo.
Sobre ella.
Y no era redonda.
Era una línea azul muy fina.
—La pintura no habría subido hasta ahí sola —dijo.
Primera hipótesis descartada.
Rosa acercó los ojos.
La línea recorría la superficie de la hoja como un pequeño río.
Entonces vio otra cosa.
En la hoja de al lado había una segunda línea.
Y aquella se movía.
Muy despacio.
Rosa contuvo la respiración.
—Profesor…
La línea avanzó otro poquito.
Rosa apartó suavemente una hoja.
Debajo apareció una criatura diminuta.
No era azul.
Era una pequeña babosa de color marrón claro.
—¡Ah!
La babosa siguió deslizándose como si Rosa y el profesor no existieran.
Detrás dejaba un rastro transparente.
Rosa se quedó mirando.
—Pero esto no es azul.
El profesor López sonrió.
—Todavía no.
Aquella respuesta le pareció especialmente sospechosa.
Rosa sacó su lápiz.
Hipótesis número dos: los animales dejan las huellas.
Pero tampoco terminaba de funcionar.
Había visto babosas muchas veces.
Sus rastros eran brillantes, sí.
Azules, no.
Rosa esperó.
Un minuto.
Dos.
El sol empezó a salir entre las nubes.
Un rayo atravesó las ramas y cayó justo sobre la hoja.
Entonces ocurrió.
El rastro cambió de color.
Primero apareció un destello verde.
Después vio azul.
Después vio violeta.
Rosa movió ligeramente la cabeza.
Los colores cambiaron otra vez.
—¡Es como un arcoíris!
Corrió hacia una de las manchas del suelo. Ahora que el sol había subido, aquellas marcas que parecían azules también mostraban pequeños destellos verdes, rosas y violetas.
No eran gotas de pintura.
Eran rastros húmedos que reflejaban la luz.
Rosa se quedó un momento en silencio.
Después escribió:
Hipótesis número tres: el color no está en la huella. Está en la luz.
Aquello le gustó mucho más.
Durante el resto del recreo buscó rastros por todo el jardín.
Descubrió que algunos casi no se veían en la sombra.
Otros parecían plateados.
Los que recibían la luz en cierto ángulo se llenaban de colores.
Pero todavía quedaba algo por resolver.
El olor.
Rosa volvió al cobertizo.
Allí el aroma dulce y húmedo seguía siendo más intenso.
Miró el suelo.
Miró las macetas.
Miró los sacos de tierra.
Nada.
Entonces reparó en una planta que había ignorado aquella mañana.
Estaba detrás de una regadera grande.
Sus hojas estaban cubiertas de gotas.
Una de sus flores, blanca y pequeña, acababa de abrirse.
Rosa acercó la nariz.
Allí estaba.
El mismo olor.
Se echó a reír.
Había mezclado dos pistas distintas.
El perfume venía de la flor.
Las huellas azules venían de los rastros húmedos.
No formaban un único misterio.
Eran dos cosas que habían ocurrido al mismo tiempo.
—Eso pasa mucho —dijo el profesor López desde la puerta.
Rosa lo miró.
—Creemos que las pistas tienen que pertenecer todas al mismo problema.
—Y a veces el jardín tiene más de una historia ocurriendo a la vez.
Rosa volvió a su libreta.
Tachó varias flechas.
Añadió otras.
Dibujó la flor.
Dibujó la babosa.
Y junto a las huellas escribió tres pequeñas palabras:
mirar desde otro ángulo.
Cuando terminó la clase, el sol estaba mucho más alto.
Rosa volvió a buscar la primera mancha azul.
Ya casi había desaparecido.
Quedaba apenas una línea plateada sobre el suelo.
Se inclinó hacia un lado.
Nada.
Al otro.
Un pequeño destello violeta apareció durante un segundo.
Rosa sonrió.
Cerró la libreta.
Algunas cosas cambiaban cuando cambiaba la luz.
Y empezó a preguntarse cuántas otras solo estaban esperando a que alguien las mirara desde el lugar adecuado.
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