—¿Por qué este papel es tan largo? —preguntó Carlitos.
La profesora Sofía acababa de dejar un rollo enorme de papel azul sobre la mesa de manualidades. Iba a usarlo para un mural al día siguiente, pero antes de guardarlo tuvo que ayudar a una niña con su abrigo. Carlitos tiró con cuidado de la punta y el papel cruzó la mesa hasta caer sobre la alfombra del rincón de lectura.
—Porque no es papel —dijo Gabriel, muy convencido—. Es un río. Mateo se agachó a su lado: el azul tenía pinceladas claras y oscuras, como si escondiera olas pequeñas. —Entonces necesita llegar al mar. Y en el mar hace falta un restaurante de peces.
Carlitos abrió mucho los ojos. —¿Un restaurante? —Claro. Los peces también comen, aunque no bocadillos —aclaró Mateo. Gabriel señaló las sillas de la clase. —El río pasa por debajo, sale por la ventana, sube al cielo y llega a Marte.
Carlitos miró el papel, las sillas y la ventana cerrada. El río tenía tres destinos y solo una punta. —No puede ir al mar, a un restaurante y a Marte a la vez. —Sí puede —dijo Gabriel. Mateo frunció la nariz. —Podría intentarlo.
Los tres llevaron el papel hasta el primer grupo de sillas. Allí se arrugó contra una pata de madera y quedó doblado en una montaña azul. —Se ha perdido —susurró Carlitos. Gabriel se tumbó para mirar por debajo. —No está perdido. Ha encontrado una cueva.
Mateo puso dos cojines a los lados de la arruga. —Y una cueva necesita una entrada grande. Carlitos quería que el río llegara recto hasta el mar, como los de los cuentos, pero aquel papel se doblaba, giraba y se escondía bajo una silla.
La profesora Sofía se acercó sin interrumpirles. —¿Qué está pasando por aquí? —Nuestro río no sabe adónde va —explicó Carlitos. Ella observó la montaña de papel y las tres caras preocupadas. —Los ríos de verdad tampoco siempre lo saben al principio. A veces encuentran piedras, curvas o caminos nuevos.
Gabriel sonrió. —Entonces puede ir a Marte. —O a un restaurante —añadió Mateo. Carlitos miró otra vez la arruga y dejó de verla como una equivocación. —Necesitamos señales.
Buscó tres trocitos de cartulina y dibujó una flecha en cada uno. En la primera puso un pez verde, en la segunda un cohete redondo y en la tercera una olla con patas, porque Mateo dijo que una olla de peces no debía aburrirse. Gabriel llevó la señal del cohete hasta una estantería baja y construyó allí, con bloques, una estación espacial diminuta.
Mateo condujo el río hasta la cocinita de juguete. Puso tres platos vacíos sobre una mesa y los llenó de conchas de papel recortadas. —Menú de hoy: algas con burbujas y postre de arena —anunció. Carlitos llevó el final del papel hacia la ventana y pegó junto al cristal un círculo amarillo de una caja de formas. —Este es el mar.
Gabriel inclinó la cabeza. —Parece el sol. —Es un mar con mucho sol —respondió Carlitos. Entonces los tres recorrieron el río desde el principio: atravesaron la cueva bajo las sillas, llegaron a la estación espacial, visitaron el restaurante de peces y acabaron frente al mar amarillo.
—No es un río normal —dijo Mateo. —Es mejor —respondió Gabriel—. Es un río que sabe hacer muchas cosas. Carlitos colocó una cuarta señal al comienzo del papel: tres manos unidas. —Aquí pone que empieza con nosotros.
Cuando la profesora Sofía volvió para guardar el rollo, los tres ayudaron a enrollarlo despacio. El río desapareció en una espiral azul, con sus cuevas, cohetes y restaurantes escondidos otra vez dentro. Al levantar la última vuelta, Carlitos encontró una pequeña concha de papel que Mateo no había recogido y la guardó en el bolsillo.
En el patio, más tarde, Gabriel aseguró que había oído un cohete muy lejos. Mateo dijo que seguramente era un pez pidiendo postre. Carlitos apretó la concha dentro del bolsillo y no estuvo del todo seguro de que el río se hubiese quedado en la clase.
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