—Si vemos una garza, no os mováis —anunció Manuel desde el asiento de atrás—. Las garzas son altas, silenciosas y tienen piernas como palillos muy serios.
Ignacio miró por la ventanilla del coche. —¿Y si los palillos se enfadan? Fernando apretó a Olivia contra el pecho dentro de su pequeña caja de transporte. —Olivia no tiene piernas como palillos. Tiene piernas como aceitunas.
Aquella mañana la familia había ido hasta una laguna de agua tranquila, donde había un camino de madera entre los juncos. Manuel llevaba su cuaderno de dibujos, unos prismáticos de juguete y una gorra amarilla que, según él, servía para “pensar mejor las plumas”. Su padre había explicado que mirarían desde lejos y sin hacer ruido.
Al llegar, Manuel avanzó tan deprisa que tuvo que esperar a los demás junto al primer banco. Miró el agua, los juncos y una bandada de patos pequeños que nadaba haciendo círculos. —Esos no son garzas —dijo—. Son patos, pero están practicando para una reunión importante.
Fernando señaló un montón de piedras. —¿Eso es una garza sentada? Manuel se acercó a mirar, pero era un tronco gris con una hoja encima. Ignacio se rió. —Pues tiene una pluma muy rara.
Siguieron por el camino. Manuel buscaba un cuello largo por todas partes: entre los juncos, junto a las orillas y hasta detrás de un cartel que decía que no se debía alimentar a los animales. No encontró nada. Al cabo de un rato se sentó en el banco y abrió el cuaderno con un suspiro.
—Creo que hoy las garzas tienen otra excursión —dijo. Su padre se sentó a su lado. —A veces salimos a buscar una cosa y la naturaleza nos enseña otra. Manuel frunció el ceño, porque aquella idea no le parecía tan buena como una garza.
Ignacio no estaba mirando el agua. Miraba una parte muy quieta del cielo que se reflejaba junto a los juncos. —Hay una nube que camina —susurró. Manuel levantó los prismáticos de juguete, aunque no servían mucho para mirar cerca.
En el reflejo apareció una mancha blanca. Primero pareció una nube pequeña, después una servilleta que flotaba y, por último, una figura con dos patas finísimas. Manuel dejó de hablar de golpe.
Al otro lado de los juncos, muy cerca de la orilla, había un ave blanca. Caminaba despacio por el agua baja, levantando las patas una a una y dejando círculos diminutos detrás. Su cuello se doblaba con suavidad y su pico apuntaba al agua como una flecha pequeña.
—No es una garza enorme —susurró Manuel—. Es una garza pequeñita.
Su padre miró también. —Creo que es una garceta. Mira cómo busca entre el agua. La garceta dio dos pasos, se quedó inmóvil y, de repente, lanzó el pico hacia abajo. Cuando volvió a levantar la cabeza, un pececillo brillante había desaparecido.
Fernando abrió la boca. —¡Ha pescao con la nariz! Manuel hizo un dibujo tan rápido que una de las patas le salió larguísima. Ignacio se inclinó hacia él. —Parece que está caminando dentro del espejo.
Y era verdad. En el agua tranquila había otra garceta blanca, boca abajo, que repetía cada movimiento de la primera. Manuel miró de una a otra y añadió dos alas en el cuaderno.
—Hay dos —dijo.
Su padre sonrió. —Solo hay una. La otra es su reflejo. Manuel observó en silencio. Le gustaba saber nombres de pájaros, pero le gustaba todavía más que Ignacio hubiera visto primero la nube caminante.
La garceta levantó las alas un instante. Eran blancas contra los juncos verdes y el agua azulada. Después echó a volar por encima de la laguna, ligera y brillante, hasta desaparecer detrás de una curva.
Manuel guardó el cuaderno. —No vimos una garza de palillos serios. Vimos una garceta que sabía hacer un doble de agua. Fernando miró su propia cara reflejada en la tapa de Olivia. —¿Yo también tengo uno?
En casa, Manuel dibujó a la garceta otra vez, esta vez con dos patas iguales y un espejo azul debajo. Se lo enseñó a Olivia. —La próxima vez buscaremos garzas grandes —le contó—, pero no te preocupes. Si aparece una nube caminando, también la miraremos.
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