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Sol y la sábana que hacía olas

Sol y la sábana que hacía olas

La sábana subió de golpe.

¡Fuuuush!

Sol abrió mucho los ojos. Estaba sentado en la alfombra del salón cuando aquella tela enorme, blanca y ligera, se levantó delante de él. Mamá y papá la sostenían por las esquinas para doblarla. Desde el suelo, Sol no veía una sábana. Veía una nube que acababa de despertar.

La nube bajó despacio. Sol apoyó las dos manos y gateó hacia ella.

¡Fuuuush!

Volvió a subir. El aire le movió el flequillo y Sol soltó una risa corta: «¡Ah!». Gateó más deprisa. Una mano, otra mano, una rodilla, otra rodilla. La sábana parecía alejarse justo cuando iba a tocarla.

Esta vez papá la dejó bajar un poco más. Una esquina rozó la mejilla de Sol. Era fresca y suave. Sol la agarró con los dedos, apretó la tela y tiró con todas sus fuerzas.

La sábana no se movió mucho. Sol sí.

¡Plof! Cayó sentado sobre el pañal y se quedó quieto un segundo. Después se rio. Mamá también se rio, y papá volvió a levantar la tela.

Entonces apareció algo nuevo: un túnel.

Sol gatea concentrado bajo un túnel de sábana blanca hacia su madre, que lo espera agachada y sonriente.

La sábana quedó curvada entre las manos de los adultos, muy alta para Sol y muy baja para cualquiera que caminara de pie. Desde dentro llegaba una luz blanca y temblona. Sol inclinó la cabeza, apoyó las manos en la alfombra y entró gateando.

Debajo olía a ropa limpia. La tela se movía encima de su pelo: arriba, abajo; arriba, abajo. Sol avanzó hasta la mitad y se paró. Miró hacia atrás. Mamá estaba al otro lado, agachada, sonriendo.

—Cucú —dijo ella.

Sol dio media vuelta tan rápido que una rodilla se le escapó hacia un lado. Se corrigió, siguió gateando y salió por donde había entrado.

—¡Tá! —gritó, orgulloso de un sonido que solo él entendía.

Papá levantó otra vez la sábana. Sol volvió a entrar.

Una vez.

Otra vez.

Y otra.

Cada túnel duraba muy poco. La sábana subía, bajaba, hacía viento y volvía a convertirse en una simple tela entre cuatro manos. Pero Sol ya conocía el secreto.

Cuando por fin mamá y papá consiguieron doblarla, dejaron el cuadrado blanco sobre el sofá. Sol gateó hasta allí, apoyó la mejilla en la tela y bostezó.

La nube se había quedado quieta.

Sol también.

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