Saltarín y Brincón y la luz del bosque
Saltarín y Brincón y la luz del bosque
Saltarín y Brincón habían pasado toda la tarde ayudando al Abuelo Topo a recoger hojas secas cerca de su madriguera. Saltarín las amontonaba con tanta energía que algunas volvían a salir volando. Brincón, más paciente, las recogía de nuevo sin decir nada.
Cuando el cielo empezó a oscurecer, el Abuelo Topo salió de su casa con una pequeña cesta.
—Será mejor que regreséis antes de que anochezca —les dijo—. Esta noche el bosque estará especialmente oscuro.
Saltarín se ajustó su bufanda verde.
—¡Nos sabemos el camino de memoria!
Brincón miró hacia los árboles. Las ramas parecían más altas cuando desaparecía la luz.
—Sí... pero podemos ir deprisa.
Los dos conejos se despidieron y comenzaron a caminar hacia casa.
Al principio todo era fácil. Todavía quedaba una franja naranja entre las copas de los árboles y Saltarín reconocía cada piedra, cada raíz y cada arbusto.
Pero poco a poco el bosque cambió.
Los colores desaparecieron.
Los troncos se convirtieron en grandes sombras.
Y entonces escucharon un ruido.
Crac.
Brincón se detuvo.
—¿Has oído eso?
—Será una rama —respondió Saltarín.
Crac.
Esta vez el sonido llegó desde detrás de ellos.
Los dos miraron al mismo tiempo.
No había nadie.
Saltarín intentó sonreír.
—Definitivamente una rama.
Brincón no parecía muy convencido.
Continuaron andando, ahora un poco más juntos.
Entonces algo blanco cruzó rápidamente entre los árboles.
—¡Lo he visto! —exclamó Saltarín.
—¡Yo también!
Los dos corrieron hasta esconderse detrás de un tronco.
Esperaron.
Nada.
Saltarín asomó primero una oreja. Después la cabeza.
—Quizá era un fantasma.
Brincón abrió mucho los ojos.
—¿Hay fantasmas en este bosque?
Saltarín se quedó pensando.
—No lo sé.
Aquella respuesta no ayudó demasiado.
De pronto, una pequeña luz apareció entre los arbustos.
Los dos conejos se quedaron inmóviles.
La luz desapareció.
Después apareció otra.
Y otra.
—Ahora hay tres fantasmas —susurró Brincón.
Saltarín respiró hondo.
Tenía miedo, pero también muchísima curiosidad.
—Voy a acercarme.
Brincón lo agarró suavemente de la bufanda.
—Vamos juntos.
Avanzaron despacio.
Las luces se movían de un lado a otro entre las plantas. Algunas subían. Otras bajaban. Una pasó tan cerca de la nariz de Saltarín que pudo verla perfectamente.
Era diminuta.
Tenía alas.
Y su abdomen brillaba como una pequeña linterna.
—¡No son fantasmas! —dijo Saltarín.
Brincón sonrió.
—¡Son luciérnagas!
Había decenas.
Quizá cientos.
El claro del bosque comenzó a llenarse de pequeños puntos amarillos y verdes que flotaban en la oscuridad.
Saltarín dio una vuelta sobre sí mismo intentando mirarlas todas.
—¡Parece que las estrellas han bajado de los árboles!
Brincón extendió una pata y una luciérnaga pasó sobre ella sin detenerse.
Durante unos minutos olvidaron completamente el miedo.
Hasta que Brincón miró alrededor.
—Saltarín...
—¿Qué?
—¿Sabes dónde estamos?
Saltarín observó los árboles.
Miró a la derecha.
Después a la izquierda.
Luego volvió a mirar a la derecha.
—Claro.
Brincón esperó.
—Estamos... en el bosque.
—Eso ya lo sé.
Saltarín tuvo que admitirlo.
Se habían perdido.
Las luciérnagas eran preciosas, pero no podían indicarles el camino a casa.
Entonces Brincón recordó algo.
—El Abuelo Topo dijo que siguiéramos siempre el sendero de las piedras grandes.
Los dos miraron al suelo.
Entre la oscuridad apenas podían distinguir nada.
Saltarín tuvo una idea.
Cogió una hoja caída y la levantó con cuidado cerca de una de las luciérnagas. La pequeña luz iluminó durante un instante el suelo.
Debajo había una piedra grande y redonda.
—¡El sendero!
Siguieron avanzando despacio, buscando una piedra tras otra.
No atraparon a ninguna luciérnaga. Solo esperaban a que alguna pasara cerca y aprovechaban su luz para mirar el camino.
Piedra.
Raíz.
Otra piedra.
Un pequeño arroyo.
Y entonces reconocieron el viejo tronco caído que estaba cerca de su madriguera.
—¡Ya casi estamos! —gritó Saltarín.
Pocos minutos después, los dos conejos llegaron a casa.
Antes de entrar, Brincón se volvió hacia el bosque.
A lo lejos todavía se veían algunas luces diminutas.
—Hace un rato daban miedo.
Saltarín se sentó a su lado.
—Porque no sabíamos qué eran.
Brincón pensó un momento.
—¿Y si la próxima vez encontramos algo que sí dé miedo?
Saltarín sonrió.
—Entonces nos acercamos despacio.
Brincón negó con la cabeza.
—Primero lo miramos desde lejos.
—Vale. Primero desde lejos.
Los dos entraron en la madriguera.
Y aquella noche, antes de dormir, Saltarín miró por la ventana esperando ver una pequeña luz entre los árboles.
No apareció ninguna.
Pero ya sabía que estaban allí.
Y el bosque oscuro dejó de parecerle tan oscuro.
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