A Rosa le extrañó que las hojas estuvieran mojadas solo por debajo.
La mañana había amanecido limpia y seca, y el pequeño arce del patio no estaba cerca de ningún aspersor. Sin embargo, cuando Rosa levantó una de sus hojas, encontró varias gotas transparentes pegadas al envés, redondas como cuentas de cristal. Tocó la tierra de la maceta: estaba húmeda, pero no empapada.
Sacó la libreta de campo y anotó la hora. Luego dibujó una hoja con tres puntos debajo. Primera hipótesis: alguien ha regado desde arriba. Miró las baldosas, el borde de la maceta y las plantas vecinas. Todo estaba seco.
—Entonces la lluvia tiene muy buena puntería —dijo el profesor López cuando Rosa se lo enseñó.
Rosa sonrió, pero no tachó todavía su idea. Buscó otras hojas del mismo arce. Algunas estaban completamente secas; otras guardaban una o dos gotas justo cerca de las puntas. En una hoja joven encontró una gota tan grande que tembló al levantarla.
Durante el recreo volvió con un trocito de papel absorbente. Sin arrancar nada, acercó una esquina a una de las gotas y dejó que el papel la bebiera. No tenía color ni olor. Después observó el tallo, la tierra y el plato bajo la maceta.
—Podría ser rocío —pensó en voz alta.
Aquella fue su segunda hipótesis. El rocío aparecía cuando el aire húmedo dejaba agua sobre superficies frías; Rosa lo había visto muchas veces en la hierba. Pero algo volvía a molestarle: las plantas de alrededor no tenían gotas, y en el arce casi todas estaban junto a los bordes de las hojas.
Escribió dos columnas en la libreta: rocío y no rocío. Bajo la primera apuntó «agua transparente». Bajo la segunda: «solo este arce», «casi siempre en los bordes» y «suelo húmedo». La segunda columna empezaba a pesar más.
Al día siguiente llegó un poco antes. El arce estaba allí, quieto bajo la luz pálida de la mañana. Rosa levantó la misma rama baja y encontró nuevas gotas. Esta vez se fijó en algo que el día anterior se le había escapado: no aparecían en cualquier sitio.
En el borde de varias hojas había diminutos puntos, casi invisibles. Una gota nacía precisamente de uno de ellos.
Rosa acercó la cara sin tocarla. La gota creció muy despacio, alimentada desde la propia hoja, hasta quedar suspendida como una lente. Dentro se veía el patio al revés: una ventana diminuta, un trozo de cielo y la silueta deformada de Rosa.
—No ha caído sobre la hoja —susurró—. Ha salido de ella.
El profesor López estaba colocando unas bandejas en el laboratorio cuando Rosa entró con la libreta abierta.
—Necesito comprobar una cosa —dijo ella—. ¿Podemos comparar dos macetas iguales esta noche?
Eligieron dos plantas pequeñas de la misma especie, sanas y ya acostumbradas al laboratorio. Rosa regó una con la cantidad habitual y dejó la otra con la tierra ligeramente más seca, sin privarla de agua. Las colocó juntas, lejos de corrientes y sin cubrirlas.
A la mañana siguiente fue directa hacia ellas.
La planta con la tierra más húmeda tenía pequeñas gotas en los bordes de varias hojas. La otra, no.
Rosa dibujó un círculo alrededor de su tercera hipótesis: el agua viene desde las raíces y sale por la hoja.
—¿Las plantas sudan? —preguntó.
—No exactamente como nosotros —respondió el profesor López—. Mira primero lo que tienes delante. ¿Cuándo aparece?
Rosa repasó sus notas. Tierra húmeda. Mañana temprana. Gotas en puntos concretos de los bordes. Recordó también que durante el día las hojas perdían agua al aire de una manera que no se veía como gotas.
—De noche el aire está más húmedo —dijo—. Y si las raíces siguen tomando agua… quizá la planta tenga que sacarla por algún sitio.
El profesor asintió y le enseñó una palabra nueva: gutación. Rosa la escribió despacio, sin convertirla en una respuesta mágica. Debajo anotó lo que significaba para aquel arce: cuando había bastante agua en el suelo y la planta perdía poca por sus hojas, la presión desde las raíces podía empujar pequeñas gotas hacia unos puntos especiales del borde.
Aquella tarde, Rosa volvió a la maceta. Las gotas habían desaparecido. Las hojas parecían exactamente iguales que cualquier otro día, como si el pequeño fenómeno de la mañana nunca hubiera ocurrido.
Entonces vio una hormiga caminando por una de ellas. Llegó al borde, se detuvo justo donde antes había habido una gota y siguió su camino. Rosa dibujó su recorrido en la libreta y, al lado, escribió una pregunta nueva: ¿las gotas de las hojas cambian algo para los animales pequeños del jardín?
Cerró la libreta sin buscar la respuesta.
A la mañana siguiente habría más cosas que mirar. Y quizá el arce, antes de que el patio despertara del todo, volvería a dejar una pista transparente en el borde de una hoja.
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