A las once y cuarenta y siete, cuando el último autobús ya había dejado de verse detrás de la curva de salida, Clara encontró un vaso de café sobre el banco número seis. No era raro encontrar vasos. Lo raro era que aún saliera vapor.
Se detuvo con el manojo de llaves en una mano y la libreta negra en la otra. La cafetería llevaba cerrada desde las diez y media. La máquina expendedora servía café, pero usaba vasos blancos con una franja verde; aquel era de cartón marrón, sin marca. Clara tocó el costado con dos dedos. Caliente. Escribió en la libreta: «23:47. Banco 6. Café reciente». Solo hechos.
—¿Te has dejado uno para mañana? —preguntó Mateo desde el otro extremo del vestíbulo.
—Yo no bebo café a estas horas.
—Por eso conservas la fe en la humanidad.
Mateo siguió comprobando puertas. Clara miró alrededor. Las luces de limpieza dejaban media sala en penumbra y duplicaban los bancos en las cristaleras. No había pasajeros. La puerta principal ya estaba cerrada para entradas y las automáticas de las dársenas solo se abrían desde dentro.
Llevó el vaso a objetos perdidos, aunque un café no fuera exactamente un objeto que nadie fuese a reclamar. Al regresar vio algo más: en el banco número cinco había un guante de lana azul.
Estaba segura de que antes no estaba allí.
Se obligó a no escribir eso. En su lugar anotó: «23:52. Guante azul. Banco 5». Después repasó mentalmente su primera vuelta. Había mirado debajo de los asientos, no encima de todos. Podía haber pasado por alto el guante. Una estación vacía tenía una manera muy eficaz de convertir una distracción en un misterio.
—Mateo, ¿queda alguien dentro?
El vigilante levantó la vista de su lista.
—Personal: tú y yo. Nadia sigue en la zona de conductores. Su coche no ha salido.
—¿Algún viajero?
—Que yo haya visto, no.
Clara recogió el guante. Era pequeño, de adulto, y estaba húmedo en las puntas. Afuera no llovía, pero el suelo de las dársenas conservaba charcos de una tormenta de la tarde. Podía haber llegado en cualquier autobús.
En la dársena tres encontró a Nadia cerrando los compartimentos de equipaje de su vehículo. El motor estaba apagado y el interior, a oscuras.
—¿Has vuelto a entrar en el vestíbulo? —preguntó Clara.
—Hace veinte minutos. A por agua.
—¿Con café?
Nadia sonrió.
—Eso suena a acusación grave.
Clara le mostró el guante.
—¿Te suena?
Nadia negó con la cabeza, pero dejó de sonreír al momento.
—En mi último servicio venía una mujer con unos guantes parecidos. Bajó aquí. Cincuenta y tantos, abrigo claro. Preguntó si esta era la última llegada de Valdeolmos.
Clara conocía esa línea. El autobús de Valdeolmos había llegado a las diez y cincuenta y ocho. No había otro hasta la mañana.
—¿Esperaba a alguien?
—Eso supuse —dijo Nadia—. Pero solo porque miraba la puerta cada vez que se abría.
Supuse. Clara agradeció la palabra.
Volvió al vestíbulo. El banco seis seguía vacío. El cinco también. En el cuatro había ahora un sobre.
Esta vez no dudó: el sobre no estaba durante su vuelta anterior. Blanco, cerrado, sin sello ni nombre. Clara no lo tocó. Miró hacia las cristaleras, hacia el pasillo de aseos, hacia la escalera de las oficinas cerradas. El edificio respondió con el zumbido de un fluorescente.
—Mateo.
Él llegó sin prisa, pero con la linterna ya en la mano.
—Eso sí es nuevo —dijo.
—¿Has visto a alguien cruzar?
—No.
Comprobaron juntos las zonas accesibles. Aseos vacíos. Cuarto de limpieza vacío. Oficina de conductores: Nadia. Puertas exteriores cerradas. Mateo revisó el registro del cierre sin encontrar ninguna incidencia. Clara sintió cómo una historia empezaba a montarse sola en su cabeza: alguien escondido, alguien que iba dejando señales, alguien que quería que ella siguiera un camino de bancos numerados.
Del seis al cinco. Del cinco al cuatro.
No lo escribió.
—Las cámaras del vestíbulo aclararían esto —dijo Mateo.
Clara miró el sobre. No había peligro, daño ni motivo para convertir a una desconocida en una grabación solo porque una secuencia les resultara inquietante.
—Primero terminemos la vuelta normal.
En el banco tres no apareció nada.
Tampoco en el dos.
En el uno encontraron a una mujer sentada.
Clara se quedó inmóvil. La mujer llevaba un abrigo claro y tenía una mano desnuda metida bajo el brazo contrario. En la otra sostenía un termo metálico. No parecía haberse escondido. Parecía cansada.
—Perdone —dijo Clara—. La estación está cerrando.
La mujer se levantó de golpe.
—Lo siento. He estado fuera, en la parada de taxis. Volví por mi guante y la puerta lateral se abrió cuando salió una conductora. Pensaba irme enseguida.
Nadia apareció detrás de Clara y levantó una mano.
—Fui yo. Salí a por una carpeta al autobús.
La explicación era tan pequeña que a Clara casi le molestó. Señaló hacia los otros bancos.
—¿El café es suyo?
—Sí. Y el guante, supongo. —La mujer miró hacia el banco cuatro y palideció—. ¿Y ese sobre sigue ahí?
Clara notó el cambio.
—¿Lo dejó usted?
La mujer tardó en contestar.
—Lo dejé a las once. Luego me arrepentí. Volví a recogerlo, pero ya habían cerrado. He estado dando vueltas fuera sin decidir si entrar cuando vi abrirse la lateral.
No había una cuenta atrás. El café había aparecido porque la mujer había regresado con él. El guante se le había caído al recorrer los bancos. El sobre no avanzaba de asiento en asiento. Habían sido ellos quienes habían construido la secuencia.
—¿Quiere recuperarlo? —preguntó Clara.
—Sí.
Clara no preguntó qué contenía ni para quién era. Acompañó a la mujer hasta el banco cuatro. Ella recogió el sobre y lo sostuvo contra el abrigo con la mano desnuda.
—Mi hermano conduce la primera salida de Valdeolmos —dijo, sin que nadie se lo pidiera—. Hace dos años que no hablamos. Pensé que dejarle esto aquí era más fácil que esperarlo. Luego pensé que era una cobardía.
Mateo carraspeó suavemente.
—La estación abre a las cinco y media.
La mujer miró el reloj del vestíbulo, después el sobre.
—Entonces volveré a las cinco y media.
Clara le devolvió el guante azul. Nadia la acompañó hasta la salida de personal y esperó con ella mientras llegaba un taxi. Cuando las puertas volvieron a cerrarse, el vestíbulo recuperó su silencio.
Clara regresó a objetos perdidos y tiró el café ya tibio. Abrió la libreta por la página de aquella noche. Debajo de las tres anotaciones añadió una cuarta: «00:18. Sin incidencia. Los objetos no se movían».
Mateo leyó por encima de su hombro.
—Eso último casi parece una teoría.
Clara cerró la libreta. Al otro lado del cristal, los bancos vacíos se reflejaban formando una fila que parecía continuar mucho más allá de la pared.
—No —dijo—. La teoría era lo otro.
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