El viento había trabajado toda la noche en el bosque. Cuando Saltarín abrió la puerta de la madriguera, el sendero estaba cubierto por una montaña de hojas rojas, naranjas y amarillas.
—¡Qué maravilla! —gritó, hundiendo las patas delanteras en ellas—. Hoy el camino es una colina.
Brincón salió detrás, con su bufanda mostaza bien enrollada. Miró la montaña, luego miró las nubes que corrían entre las ramas. —También puede ser un camino que ya no sabemos dónde está. Saltarín levantó una hoja enorme sobre la cabeza. —Pues lo encontraremos desde arriba.
Aquella mañana querían llegar al claro de las avellanas antes de que el viento volviera a soplar fuerte. Allí habían quedado con unas ardillas para escoger los lugares más secos donde guardar las primeras nueces del otoño. El sendero de siempre era corto, pero la montaña de hojas lo tapaba por completo.
Saltarín dio un salto y aterrizó casi hasta las orejas. Las hojas crujieron, se movieron y cedieron bajo sus patas. —¡Es blandita! —dijo. Intentó avanzar otro paso, pero una ráfaga le lanzó tres hojas a la nariz y otras dos dentro del pañuelo verde.
Brincón no se rió enseguida. Se acercó al borde y olfateó con cuidado. Entre las hojas oyó un sonido fino: chss, chss, chss. —Hay agua debajo —dijo.
Los dos se quedaron quietos. Saltarín apartó una hoja con una pata y descubrió una corriente estrecha que bajaba por el centro del montón. La lluvia de la víspera había formado un pequeño arroyo que el viento había escondido con hojas secas.
—Si salto muy lejos… —empezó Saltarín.
—Podrías caer donde no se ve el agua —dijo Brincón—. Y llegaríamos a las ardillas muy mojados.
Saltarín miró la otra orilla. No estaba lejos, pero el montón de hojas hacía que todo pareciera incierto. Por un momento pensó que Brincón quería volver a casa. Sin embargo, su amigo ya estaba rodeando la montaña y mirando las raíces de un haya vieja.
—Aquí hay algo —anunció Brincón.
Bajo una raíz grande se abría un hueco oscuro, justo lo bastante alto para dos conejitos. No era una madriguera ni una cueva profunda; era un pequeño paso que las raíces habían dejado entre ellas. Desde allí se veía, al otro lado, una tira de tierra seca cubierta de musgo.
—El túnel va hacia el sendero —dijo Brincón.
Saltarín se asomó. —Pero está lleno de hojas. Brincón asintió. —Entonces tú empujas por aquí y yo las saco por allí.
Saltarín sonrió otra vez. Aquello sí era una aventura. Se colocó junto a la entrada y empezó a empujar hojas con las patas, primero despacio y luego con tanta energía que una hoja amarilla salió disparada y se le quedó pegada a la frente.
Del otro lado, Brincón iba haciendo montoncitos con una rama caída. Cada vez que Saltarín avanzaba una pata, Brincón encontraba un hueco nuevo. Primero apareció una piedra lisa. Después una raíz pequeña. Luego un tramo de tierra firme.
—Primero la piedra, luego la raíz, después el musgo —repetía Brincón, para que Saltarín supiera por dónde apoyar las patas.
Cuando por fin atravesaron el paso, los dos conejitos salieron al otro lado cubiertos de hojas hasta las orejas. Saltarín tenía una roja en el pañuelo y Brincón llevaba una naranja en la bufanda. Se miraron y estallaron en una risa tan grande que un par de urracas levantaron el vuelo desde una rama cercana.
El claro de las avellanas estaba a pocos pasos. Las ardillas ya habían llegado y observaban, sorprendidas, el nuevo hueco bajo las raíces.
—¿Habéis abierto un camino? —preguntó una de ellas.
—No exactamente —dijo Brincón—. El camino ya estaba. Solo necesitaba que alguien lo encontrara.
Saltarín señaló la montaña de hojas al otro lado. —Y que alguien empujara bastante.
Las ardillas llevaron sus nueces a los rincones secos del claro, y los dos conejitos las ayudaron hasta que el viento empezó a cantar otra vez entre las copas. Al regresar, no cruzaron la montaña por arriba ni se metieron en el agua escondida.
Pasaron juntos por debajo de las raíces. Saltarín tocó con una pata la piedra lisa y Brincón rozó el musgo de la salida.
—¿Ves? —dijo Saltarín—. A veces primero hay que mirar.
Brincón sonrió. —Y a veces, después, hay que empujar.
Cuando entraron en su madriguera, una hoja amarilla seguía pegada al pañuelo verde de Saltarín. Ninguno se la quitó.
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