Ploc.
Sol levantó la cabeza.
Estaba sentado en la alfombra del salón con una pieza de madera entre las manos. Afuera llovía. La ventana estaba llena de pequeñas gotas transparentes.
Ploc.
Una de ellas apareció arriba del cristal.
Sol la vio.
La gota empezó a bajar.
Despacio primero.
Después más rápido.
Sol dejó la pieza de madera.
Apoyó una mano en el suelo.
Luego la otra.
Gateó hasta la ventana.
La gota seguía bajando.
Sol también.
Bueno, Sol no bajaba. Sol avanzaba por la alfombra. Pero para él aquello parecía exactamente una carrera.
Llegó al cristal y apoyó la palma.
Frío.
Retiró la mano.
Miró sus dedos.
Volvió a tocar.
Frío otra vez.
Sol abrió mucho los ojos.
Al otro lado del cristal, la gota continuó su camino.
—Ahhh —dijo Sol.
La señaló.
La gota llegó hasta abajo y desapareció.
Sol esperó.
Nada.
Miró arriba.
Otra gota.
Ploc.
Esta era más pequeña.
Bajó haciendo una curva.
Sol movió el dedo por el cristal intentando seguirla.
Arriba.
Abajo.
Un poquito a la derecha.
La gota se encontró con otra.
Y las dos se convirtieron en una gota enorme.
Sol dio una palmada.
La gota grande salió disparada hacia abajo.
Él soltó una carcajada.
Entonces llegaron más.
Una.
Dos.
Tres.
Muchas.
Unas corrían.
Otras se quedaban quietas.
Algunas se juntaban.
Sol puso las dos manos contra el cristal y empezó a seguirlas con los dedos.
Su padre, sentado cerca, lo observaba.
—Veo que estás muy ocupado.
Sol no respondió.
Había encontrado una gota particularmente lenta.
Muy lenta.
Tan lenta que parecía haberse quedado dormida.
Sol esperó.
La gota no se movió.
Le dio un pequeño golpecito al cristal.
Toc.
Nada.
Otro.
Toc.
La gota tembló.
Sol contuvo el aire.
Y entonces...
¡Zas!
La gota cayó de golpe y se unió a otra mucho más abajo.
Sol dio un grito de alegría.
Su padre se echó a reír.
Un rato después, la lluvia empezó a hacerse más suave.
Las gotas eran cada vez menos.
Sol continuó junto a la ventana hasta que apareció un pequeño rayo de sol entre las nubes.
La luz atravesó una de las gotas.
En la pared apareció un puntito brillante.
Sol lo vio.
Giró la cabeza.
El punto de luz se movió.
Sol gateó tras él.
La lluvia había terminado.
Pero la siguiente aventura ya estaba cruzando el salón.
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