Juan llevaba toda la tarde mirando una caja pequeña llena de cables, una pila, un timbre viejo y un botón rojo que había encontrado en el cajón de herramientas de su padre. No tenía muy claro para qué servían todas aquellas piezas juntas, pero eso nunca había detenido a Juan. De hecho, normalmente era justo cuando no sabía para qué servía algo cuando empezaban sus mejores ideas.
Max estaba tumbado debajo de la mesa, observándolo con un ojo abierto. Juan conectó dos cables, pulsó el botón y el timbre lanzó un sonido tan fuerte que Max salió disparado hasta el pasillo.
—Perfecto —dijo Juan, satisfecho—. Funciona.
Max volvió despacio, con la cabeza baja y una expresión que parecía decir que aquello no tenía nada de perfecto.
La idea apareció unos segundos después. Juan llevó el timbre hasta el recibidor, escondió la caja detrás de una maceta y pasó un cable fino por debajo de la puerta de su habitación. Desde allí podría pulsar el botón y hacer sonar el timbre de casa sin que hubiera nadie fuera.
El plan era sencillo: esperar a que Ana estuviera leyendo en el salón, hacer sonar el timbre, verla correr hasta la puerta y fingir que él no sabía absolutamente nada.
Juan sonrió.
Era un plan excelente.
O eso creyó durante exactamente cuatro minutos.
Cuando Ana se sentó en el sofá con un libro, Juan desapareció por el pasillo. Cerró la puerta de su habitación, agarró el botón rojo y esperó. Max se sentó a su lado moviendo la cola, convencido de que estaba participando en algo importante.
Juan pulsó.
¡BRRRRING!
—¡Voy yo! —gritó Ana desde el salón.
Juan se tapó la boca para no reírse. Escuchó los pasos de su hermana, la puerta abriéndose y unos segundos de silencio.
—Qué raro...
La puerta volvió a cerrarse.
Juan esperó un poco más.
¡BRRRRING!
Ana regresó al recibidor.
—¿Quién es?
Nada.
Juan estaba a punto de celebrar el éxito de su invento cuando Max apoyó una pata encima del botón.
¡BRRRRING! ¡BRRRRING! ¡BRRRRING!
Juan apartó al perro de un salto.
—¡Max!
Desde el salón llegó la voz de Ana.
—¿Juan?
—¡No he sido yo!
Hubo un silencio.
Juan frunció el ceño.
Aquello había sonado bastante sospechoso.
Decidió que era el momento de terminar la broma. Desconectaría el aparato, escondería los cables y nadie descubriría nada. Abrió la puerta de su habitación y avanzó hacia el recibidor con toda la naturalidad que pudo.
Entonces sonó el timbre.
¡BRRRRING!
Juan se quedó quieto.
Él no había pulsado el botón.
Miró hacia su habitación. El botón rojo estaba sobre la cama.
¡BRRRRING!
Ana apareció al final del pasillo.
—Muy gracioso.
—Esta vez no he sido yo.
—Claro.
Juan corrió hasta la maceta y levantó la caja. Uno de los cables estaba suelto, pero el timbre volvió a sonar entre sus manos.
¡BRRRRING!
Juan casi dejó caer el aparato.
Ana dejó de sonreír.
Max ladró.
Durante unos segundos, los tres miraron la caja.
—Eso no debería hacer eso —dijo Juan.
Y por primera vez aquella tarde, parecía completamente serio.
El timbre sonó otra vez.
¡BRRRRING!
Juan desconectó la pila.
El aparato volvió a sonar.
Ana dio un paso atrás.
—¿Has construido un timbre fantasma?
—Los timbres fantasmas no existen.
—Hace un minuto tampoco existían los timbres que funcionan sin pila.
Juan tragó saliva.
Max empezó a olfatear el suelo. Caminó hasta la puerta, siguió el cable, pasó junto a la maceta y se detuvo frente al pequeño armario del recibidor.
El timbre sonó de nuevo.
Pero esta vez Juan se dio cuenta de algo.
El sonido no venía de la caja que tenía en las manos.
Venía del armario.
Juan y Ana se miraron.
Max rascó la puerta.
—Ábrelo tú —dijo Ana.
—La idea del fantasma ha sido tuya.
—La broma ha sido tuya.
Juan respiró hondo y agarró el tirador. Abrió muy despacio.
Dentro había abrigos, un paraguas, una mochila vieja y una caja de cartón.
¡BRRRRING!
Los tres dieron un salto.
Juan apartó la mochila.
Debajo estaba el viejo teléfono inalámbrico que sus padres habían guardado hacía meses. Su base seguía conectada a un enchufe y el auricular, enterrado entre unas bolsas, estaba recibiendo una llamada.
Juan lo sacó.
En la pequeña pantalla aparecía un número.
Ana empezó a reír.
—Tu fantasma tiene teléfono.
Juan miró su invento, después el teléfono y finalmente a Max, que movía la cola orgulloso.
El misterio estaba resuelto.
La broma, sin embargo, no.
Ana señaló los cables que cruzaban el recibidor.
—Entonces el primer timbre sí eras tú.
Juan empezó a recogerlos.
—Era un experimento.
—Ajá.
—Sobre... reacciones humanas ante sonidos inesperados.
Ana cruzó los brazos.
—¿Y qué has aprendido?
Juan pensó unos segundos mientras enrollaba el último cable.
—Que Max no puede estar cerca del botón.
Max ladró.
Ana soltó una carcajada.
Aquella noche, Juan guardó el timbre en el cajón de herramientas. Antes de cerrarlo, miró el botón rojo una última vez.
Todavía tenía muchas posibilidades.
Pero la próxima vez, decidió, comprobaría primero cuántos timbres había realmente en casa.
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