El plan tenía tres pasos: colocar las botellas, lanzar la pelota y conseguir que cayeran todas de una vez. Juan había visto unos bolos en la feria del barrio y decidió que esperar hasta la próxima feria era demasiado tiempo. En diez minutos reunió seis botellas de plástico vacías, una pelota blanda y dos trozos de cartón para marcar una pista en el pasillo del jardín.
—Solo falta el premio —dijo Ana, mirando las botellas. Juan sonrió. Había pensado en eso.
Sobre una silla, al final de la pista, dejó una bolsa con tres galletas envueltas. Quien derribara las seis botellas ganaría una. Quien no derribara ninguna tendría que volver a intentarlo. Era, según Juan, un reglamento perfecto.
La primera tirada fue de Ana. Cinco botellas cayeron y una quedó balanceándose como si se negara a aceptar la derrota. La segunda fue de Juan. La pelota golpeó justo en el centro y las seis salieron disparadas. —¡Campeón! —gritó Juan, levantando los brazos.
Max interpretó aquel grito de otra manera. Salió corriendo, atrapó la pelota con la boca y cruzó el jardín con ella. Juan fue detrás. Ana fue detrás de Juan. Y cuando los tres regresaron, Max dejó caer la pelota justo al lado de las botellas.
Juan se quedó mirándolo. —Acabas de mejorar el juego. Ana entrecerró los ojos. —Esa frase nunca trae nada bueno.
La mejora consistía en que Max devolvería la pelota después de cada tirada. Juan colocó una caja abierta junto a la línea de lanzamiento y decidió enseñarle a dejarla allí. Funcionó a la tercera prueba. Luego a la cuarta. Y también a la quinta.
Max corría, recogía la pelota y la soltaba dentro de la caja con tanta precisión que Juan empezó a imaginar un campeonato completo. Entonces añadió una segunda pista. Con una tabla ancha apoyada sobre dos macetas vacías, construyó una rampa para que la pelota regresara sola desde la caja hasta los jugadores. El sistema era magnífico: Max llevaba la pelota a la caja, la pelota entraba en la rampa y rodaba hasta la salida. Juan todavía no sabía que Max había entendido una cosa distinta: si una pelota en la caja producía una pelota rodando, cuantas más cosas metiera en la caja, mejor sería el juego.
Ana lanzó. Derribó cuatro bolos. Max recuperó la pelota, la dejó en la caja y esta bajó por la rampa. —¿Ves? —dijo Juan—. Automático.
Max volvió con una piña. —Eso no. La piña cayó dentro de la caja, entró en la rampa y bajó dando saltos. Juan apenas tuvo tiempo de apartar un pie.
Max regresó después con una pelota de tenis vieja. Luego con un calcetín que alguien había dejado secándose en una silla. —¡Max! ¡Solo la pelota azul! Pero Max estaba encantado. Para él, el campeonato acababa de convertirse en el mejor trabajo del mundo.
Juan intentó detener la rampa colocando un cubo vacío al final. Mala idea. La pelota azul cayó dentro. La de tenis también.
La piña golpeó el borde y salió hacia un macetero. El calcetín aterrizó encima de una de las botellas como una bandera.
Ana se echó a reír. —Tu máquina automática necesita un empleado.
En ese momento Max apareció con algo mucho peor: una de las zapatillas de Juan. —¡Esa no!
Juan corrió hacia la caja. Max aceleró. Ana se colocó al otro lado de la rampa. Durante dos segundos pareció que la zapatilla iba a iniciar el viaje más absurdo de su vida.
Juan llegó justo a tiempo y puso una mano sobre la caja. Max frenó delante de él, todavía con la zapatilla en la boca, moviendo la cola.
—Vale —dijo Juan, recuperándola—. El problema no eres tú. El problema es que yo no expliqué bien el puesto. Ana levantó la pelota azul. —¿Y si no tiene que recoger nada?
La solución fue más sencilla que toda la máquina. Dejaron la rampa, quitaron la caja y enseñaron a Max una única tarea: después de cada lanzamiento, tenía que tocar con la pata una campanita colocada junto a los bolos. Ana o Juan recogían la pelota mientras el otro levantaba las botellas. El nuevo sistema no era automático, pero tenía una ventaja enorme: Max podía participar sin convertir el jardín entero en munición.
Jugaron hasta que las tres galletas tuvieron dueño. Ana ganó una. Juan ganó otra. La tercera, después de una discusión muy seria sobre el reglamento, acabó dividida entre los dos.
Max recibió una de sus propias golosinas para perros y se tumbó junto a la pista, satisfecho. Juan recogió la caja, la rampa y la campanita. Antes de entrar en casa, miró la carretilla del jardín. Cabía una caja encima. También una rampa.
Ana vio cómo la miraba. —Ni se te ocurra. Juan no respondió. Solo sonrió.
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