En El Tornillo Feliz había una maceta que parecía no ponerse nunca de acuerdo con el taller. Inés la había dejado junto a la ventana porque allí recibía buena luz, pero cada mañana aparecía un pequeño círculo de tierra sobre el suelo, justo al lado del plato. Vera lo barría, colocaba la maceta en su sitio y, al día siguiente, la tierra volvía a estar allí.
—La maceta tiene una fuga —decidió Vera, agachándose para mirar el borde. Tornillo se acercó sobre sus ruedas, encendió los ojos turquesa y proyectó una gota. —No de agua —aclaró Vera—. De tierra. Podemos hacerle una pared para que no se escape.
Con cartón rígido, Vera construyó un aro bajo alrededor del plato. No tocaba la planta ni tapaba el drenaje, y a ella le pareció una solución perfecta. Tornillo recorrió el círculo despacio, proyectó una pequeña muralla y emitió un pitido satisfecho. A la mañana siguiente, sin embargo, había tierra fuera del aro.
Vera se quedó con las manos en la cintura. —Entonces salta. Tornillo proyectó una flecha hacia arriba. —Eso he dicho: salta. Inés, desde el banco grande, sonrió sin levantar la vista de una radio que estaba reparando. —Antes de construir una pared más alta, quizá convenga descubrir cuándo se mueve la tierra.
Vera retiró el aro y dibujó un círculo alrededor de la maceta en una hoja de papel grande. Después colocó cuatro cuadraditos de papel limpio alrededor, uno a cada lado, para ver dónde caían los granos. Tornillo se quedó de guardia con una seriedad enorme. Pasó una hora. No ocurrió nada.
Entonces se abrió la puerta del taller. Un robot de reparto pasó por la acera empujando un carrito y el suelo vibró apenas un instante. La maceta no se movió. Tornillo proyectó una línea temblorosa, pero los papeles seguían limpios. —No es eso —dijo Vera—. Necesitamos otra pista.
A media mañana, Inés abrió la ventana para que entrara aire fresco. Una ráfaga movió los dibujos de la pared de corcho. Vera miró enseguida los cuadraditos. Nada. Cerró un poco la ventana, volvió a abrirla y hasta sopló desde lejos hacia la maceta. Ni un grano cayó. Tornillo proyectó una nube tachada.
Vera empezaba a pensar en una tapa transparente cuando oyó un sonido diminuto: rrr-rrr. Tornillo había girado para seguir con la mirada a un pequeño robot limpiador que recorría el suelo del taller. El aparato pasó junto a la mesa baja, rodeó una caja y se acercó a la ventana. Al rozar suavemente el plato de la maceta, este giró unos centímetros.
Del borde cayó una cucharadita de tierra seca. Tornillo encendió los ojos y proyectó un círculo con dos rayitas de movimiento. Vera se arrodilló de golpe. —¡No se escapa sola! El limpiador empuja el plato y la tierra que está suelta arriba se cae por el borde.
Su primera idea fue poner una barrera para que el robot no se acercara. Colocó dos cajas pequeñas formando un pasillo, pero al probar el recorrido descubrió que el limpiador ya no podía alcanzar una esquina donde se acumulaban pelusas. —Arreglamos una cosa y estropeamos otra —dijo Vera. Tornillo emitió dos pitidos graves y proyectó una escoba triste.
Vera observó otra vez la maceta. El problema no era que el robot pasara por allí, sino que podía tocar el plato. Dibujó el círculo de sus ruedas, midió con una tira de cartón hasta dónde llegaba su borde y construyó tres topes bajos de madera ligera que Inés le dio. No encerraban la maceta: solo marcaban una curva un poco más ancha para que el robot la detectara antes y cambiara de dirección.
La primera prueba falló. Un tope estaba demasiado separado y el limpiador consiguió colarse entre dos. Vera los acercó. En la segunda, uno quedó demasiado cerca y el plato todavía recibió un pequeño empujón. Tornillo señaló el hueco con ambos brazos y Vera movió la pieza apenas unos dedos.
En la tercera prueba, el robot limpiador avanzó hacia la ventana, encontró la curva de topes y giró suavemente sin tocar la maceta. Después siguió hasta la esquina y recogió las pelusas como siempre. Vera dejó cuatro papeles limpios alrededor del plato y esperó hasta la tarde. No cayó ni un grano.
—Esta vez no hicimos una jaula para la tierra —dijo Vera, orgullosa—. Le enseñamos al limpiador por dónde pasar. Tornillo proyectó una maceta, una flecha curva y, al final, una corona sobre su propia cabeza.
Vera se echó a reír. —Tú no has inventado la solución. Tornillo apagó la corona, esperó un segundo y la proyectó sobre la maceta. Vera miró la planta muy seria. —Bueno. Ella tampoco.
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