La lluvia había empezado después de cenar y golpeaba los cristales de la casa del abuelo Manolo con dedos menudos y pacientes. Lucía, que aquella noche dormía allí, entró en el taller buscando un lápiz y encontró a su abuelo sentado frente a una caja llena de botones. Había botones de nácar, de madera, de metal y uno diminuto con forma de estrella.
—¿Desde cuándo guardas botones? —preguntó Lucía. Manolo levantó la vista por encima de sus gafas redondas. —Desde que descubrí que las cosas pequeñas también pueden sujetar historias grandes.
Lucía tomó el botón de estrella. Tenía cinco puntas desiguales y un brillo gastado. —¿Y este qué sujetaba? El abuelo sonrió y apartó la caja. —Un abrigo, probablemente. Pero una vez conocí una ciudad donde las estrellas servían para algo bastante más complicado.
Dicen que hace muchos años existía junto al mar una ciudad llamada Miralba. Sus casas eran blancas, sus balcones estaban llenos de macetas y, en la plaza mayor, crecía una higuera tan vieja que nadie sabía quién la había plantado. Miralba tenía una costumbre peculiar: cada verano celebraba la Noche de los Deseos Pequeños.
No se pedían coronas, tesoros ni viajes imposibles. Los vecinos escribían deseos modestos en tiras de papel: que una rodilla dejara de doler, que regresara una golondrina, que una receta saliera por fin bien. Después colgaban los papeles de la higuera y, al anochecer, encendían cientos de farolillos alrededor de la plaza.
Aquel año, una niña llamada Celia ayudaba a su padre a preparar las guirnaldas. Celia tenía once años y una habilidad extraordinaria para arreglar cosas de tela. Remendaba bolsillos, cosía muñecas y era capaz de encontrar el extremo de un hilo enredado cuando todos los demás ya habían perdido la paciencia.
Pero había algo que no sabía reparar: su amistad con Simón. Durante todo el invierno habían sido inseparables. En primavera discutieron por una tontería que ninguno recordaba ya con precisión. Desde entonces, cuando coincidían en la plaza, Celia miraba una fachada y Simón encontraba de pronto interesantísimas sus propias zapatillas.
La tarde de la fiesta, Celia subió a una escalera para atar la última guirnalda. Entonces oyó un crujido. No vino de la cuerda. Vino de la higuera.
Una grieta fina recorrió el tronco desde una rama baja hasta casi tocar el suelo. Celia llamó a su padre. Acudieron vecinos, carpinteros y hasta el jardinero municipal. Examinaron el árbol con preocupación. La higuera no parecía enferma, pero cada vez que alguien colgaba un nuevo deseo, la grieta se ensanchaba un poco.
—Quitaremos los papeles —decidió el alcalde—. Este año no habrá Noche de los Deseos. Los vecinos protestaron, aunque nadie quería poner en peligro el árbol.
Celia comenzó a desatar las cintas. Al retirar el primer papel ocurrió algo extraño: las palabras desaparecieron de la hoja y aparecieron escritas, muy pequeñas, sobre una hoja de la higuera. «Que mi hermano vuelva a reírse conmigo».
Celia soltó el papel del susto. Retiró otro. «Que no me dé vergüenza cantar delante de otros». Las letras surgieron en otra hoja.
Pronto toda la copa estuvo cubierta de frases diminutas. Los adultos dejaron de discutir. La higuera crujió otra vez y una hoja cayó a los pies de Celia. Estaba en blanco.
—Creo que quiere algo —dijo ella. —Los árboles no quieren cosas —respondió el alcalde. La higuera dejó caer otra hoja sobre su sombrero. —Este quizá sí —dijo el padre de Celia.
Intentaron regarla. Nada.
Aflojaron la tierra. Nada. Le cantaron la canción de la fiesta, bastante desafinados. La grieta siguió allí.
Celia observó las hojas escritas y comprendió algo: todos aquellos deseos pedían recibir. Incluso los más amables esperaban que sucediera algo después. Buscó un lápiz y escribió en la hoja en blanco: «Mañana arreglaré gratis el toldo roto de la señora Amalia». La hoja tembló. Una línea de la grieta se cerró.
La plaza quedó en silencio. El panadero escribió: «Llevaré pan caliente al señor Julián, que ya no puede bajar la cuesta». Otra parte del tronco se cerró.
Una niña pequeña prometió compartir sus tizas nuevas. El jardinero se comprometió a enseñar a tres vecinos a cuidar los árboles de la plaza. Una mujer escribió que visitaría a su hermana antes de que terminara la semana.
Con cada promesa, la grieta se hacía más corta. Hasta que quedó un palmo abierto. Celia miró alrededor. Todos habían escrito algo menos ella una segunda vez. Supo, sin saber cómo, que la higuera esperaba precisamente eso.
Al otro lado de la plaza estaba Simón. Celia sintió que se le calentaban las orejas. Habría preferido coser cien toldos. Tomó otra hoja. «Mañana hablaré con Simón aunque tenga que empezar yo».
La higuera no hizo nada. —Vaya —murmuró Celia. Simón se acercó despacio. Leyó la frase y pidió el lápiz.
Debajo añadió: «No hace falta esperar a mañana». La grieta se cerró con un sonido suave, como una puerta de madera que encaja bien en su marco. Nadie aplaudió al principio. Luego alguien rio, y la plaza entera estalló en voces.
Aquella noche celebraron la fiesta sin colgar un solo deseo. En su lugar, cada vecino escribió una promesa y la dejó al pie de la higuera. Los farolillos se encendieron, los músicos tocaron hasta tarde y Celia y Simón pasaron buena parte de la noche intentando recordar por qué se habían enfadado. No lo consiguieron.
Al verano siguiente, las hojas de la higuera volvieron a salir completamente verdes. Solo una conservaba unas letras minúsculas. Nadie recordaba quién había escrito aquella promesa, pero decía: «Escucharé antes de pedir».
—Eso no explica el botón —dijo Lucía cuando Manolo terminó. El abuelo miró la estrella que ella aún sostenía. —No. Te advertí que probablemente solo sujetaba un abrigo.
Lucía frunció el ceño. —Entonces me has engañado. —He dicho que las cosas pequeñas pueden sujetar historias grandes. No que tengan que salir en ellas.
Lucía dejó el botón en la caja y reparó en un papel doblado entre dos carretes de hilo. Lo sacó. En él, con la letra de Manolo, había una frase: «Mañana enseñaré a Lucía a coser un botón».
—Eso no vale —dijo ella—. Lo acabas de escribir. Manolo alzó ambas manos. —Yo no he tocado ningún lápiz.
Durante unos segundos solo se oyó la lluvia. Lucía volvió a mirar la caja. El pequeño botón de estrella ya no estaba donde lo había dejado. Lo encontraron a la mañana siguiente, perfectamente cosido al bolsillo de su pijama.
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