A las siete y diez, Elena encontró una cazuela pequeña en el estante más alto de la cocina. Era de barro oscuro, con una grieta antigua en el borde, y llevaba dos años sin entrar en el horno. Diego la había apartado para alcanzar una fuente y la dejó sobre la mesa de preparación.
—Mamá hacía aquí los garbanzos con acelgas —dijo Elena.
—Mamá hacía muchas cosas que tardaban tres horas —respondió Diego, sin dejar de cortar calabaza—. Por eso ahora está jubilada.
Elena sonrió y devolvió la cazuela al estante. A las ocho tenían treinta cubiertos reservados, seis huecos posibles y un menú que Diego había preparado alrededor de calabaza asada, setas, pescado y un guiso de ternera. Nada parecía capaz de complicar la noche.
A las ocho y cuarto entró Pilar.
No llevaba delantal ni llaves del local, solo un abrigo claro y un bolso pequeño. Detrás de ella venían Carmen y Julián, un matrimonio que había comido en Casa Lumbre desde mucho antes de que Elena aprendiera a llevar tres platos sin mirar sus manos.
—Hoy soy clienta —anunció Pilar.
—Eso dices siempre antes de recolocar algo —contestó Elena.
Nora los acompañó a la mesa del ventanal. Pilar aceptó sentarse sin inspeccionar la sala, lo que Elena consideró una victoria. Durante los primeros veinte minutos todo siguió su curso: dos mesas pidieron entrantes para compartir, la barra se llenó y Diego empezó a cantar salidas desde el pase con su precisión habitual.
El problema llegó en forma de una frase alegre.
Elena estaba sirviendo agua en la mesa de al lado cuando oyó a Carmen decir que aún recordaba los garbanzos con acelgas de Pilar. Pilar se echó a reír.
—Eso te lo hace Diego en un momento. Si los hemos servido toda la vida.
Elena dejó la botella en la bandeja con más cuidado del necesario.
Carmen levantó la vista hacia ella.
—¿De verdad? No lo he visto en la carta.
Pilar también la miró. No había desafío en su expresión. Solo la seguridad de quien había pasado treinta años diciendo sí desde aquellas mismas mesas.
—Déjame comprobarlo con cocina —dijo Elena.
En el pase, Diego estaba colocando setas sobre dos platos.
—No —dijo antes de que ella terminara.
—Ni siquiera sabes qué voy a pedirte.
—Mamá ha prometido los garbanzos.
Elena miró hacia el comedor.
—¿Los tienes?
—Tengo garbanzos cocidos para la ensalada de mañana. Tengo acelgas para la guarnición del pescado. Lo que no tengo es su sofrito, ni el caldo preparado, ni cuarenta minutos libres para fingir que sí.
—Es una ración.
Diego deslizó los dos platos hacia ella.
—Una ración también ocupa un fuego.
Nora llegó con una comanda y la sujetó en la barra.
—Mesa cuatro pide cambiar una guarnición.
Diego leyó el papel.
—Eso sí puedo hacerlo.
Elena tomó los platos y volvió a sala. Podía decirle a Carmen que no quedaban garbanzos. Era sencillo y falso. Podía pedirle a Diego que improvisara algo parecido. Era posible y convertiría una promesa ajena en un problema de cocina. O podía corregir a Pilar delante de sus amigos.
Esperó a que Nora retirara los entrantes del ventanal y se acercó.
—Carmen, hoy no podemos preparar esos garbanzos como los recuerdas. Tenemos los ingredientes, pero no la elaboración lista para servicio.
Carmen hizo un gesto de decepción breve.
—Ah. No pasa nada.
Pilar frunció el ceño.
—Hija, si son cuatro cosas.
Elena notó que Nora, a dos mesas de distancia, había oído la frase. También Diego podía verla desde el pase.
—Cuatro cosas que hoy no están preparadas —dijo Elena—. Si te parece, os cuento qué sí puede salir bien ahora.
Pilar abrió la boca y volvió a cerrarla. Carmen pidió el guiso de ternera. Julián eligió pescado. Pilar dijo que tomaría lo mismo que Carmen.
Elena anotó la comanda y siguió trabajando.
Durante media hora, el asunto pareció terminado. Luego una mesa de cuatro pidió tres pescados, otra añadió un principal que no estaba previsto y los tiempos empezaron a estrecharse. Diego movía cazuelas sin levantar la voz. Nora avisó de que la mesa nueve llevaba doce minutos esperando sus segundos.
—Dos minutos —dijo Diego.
Elena miró la mesa del ventanal. Carmen hablaba con Julián. Pilar, en cambio, observaba el pase.
Cuando Elena llevó el guiso, su madre probó una cucharada y dejó el cubierto.
—Está muy bueno.
—Se lo diré al cocinero.
—No hace falta que te pongas así.
Elena mantuvo la bandeja pegada al cuerpo.
—Estoy trabajando, mamá.
—Yo también trabajaba cuando alguien me pedía algo que no estaba escrito.
—Ya lo sé.
—Y muchas veces se hacía.
Elena miró de reojo la mesa nueve. Nora acababa de servirla.
—También cerrabais los lunes para preparar media carta y teníais otra persona en cocina.
Pilar bajó la voz.
—No quería dejarte en mal lugar.
Aquello desarmó una respuesta que Elena ya tenía preparada.
—Lo sé. Pero cuando tú prometes desde una mesa, cocina sigue oyendo a la dueña de antes.
Pilar miró hacia Diego. Él no levantó la cabeza, aunque era imposible saber si escuchaba.
—Entendido —dijo ella.
Elena siguió con el servicio.
A las diez menos cuarto, Carmen llamó a Nora para pedir la cuenta. Antes de levantarse, se acercó al pase y esperó a que Diego pudiera mirarla.
—El guiso estaba estupendo —dijo—. Y no te preocupes por los garbanzos. A veces una recuerda más el día que el plato.
Diego sonrió.
—Eso nos ahorra bastante trabajo.
Pilar se puso el abrigo sin comentar nada. Al despedirse, dio dos besos a Elena y uno a Diego por encima del extremo del pase.
—La próxima vez pediré de la carta.
—La próxima vez puedes preguntar —dijo Diego.
Pilar lo miró un segundo.
—También.
Cuando la puerta se cerró, Nora dejó escapar el aire.
—Pensaba que iba a ser peor.
—Yo también —admitió Elena.
—Yo no —dijo Diego.
Las dos lo miraron.
—Mentira —añadió él.
El último tramo del servicio fue más sencillo. A las once y veinte quedaban dos mesas con café y una pareja terminando una botella de agua en la barra. Elena repasó las comandas del suelo antes de tirarlas. No había habido devoluciones. Los tiempos habían sido razonables. Nadie había comido garbanzos con acelgas.
Al apagar una de las lámparas del comedor, vio la cazuela de barro en el estante alto de la cocina. Desde la sala parecía más pequeña de lo que recordaba.
—¿La vas a tirar? —preguntó.
Diego siguió limpiando el pase.
—No. Es de mamá.
—Ya.
Elena apagó otra lámpara. La cazuela podía quedarse donde estaba. No hacía falta seguir cocinando dentro de ella.
Comentarios
Publicar un comentario