—¡Para entrar hay que caminar como un cangrejo! —anunció Mateo, plantado delante de una torre hecha con dos cajas y una manta verde.
Carlitos se quedó con un pie en el aire. Gabriel, que ya avanzaba de lado entre risas, señaló la puerta del castillo: un hueco bajo la mesa del rincón de juegos. Aquella mañana habían decidido que no era una mesa. Era la fortaleza más difícil de conquistar de toda la guardería.
Carlitos cruzó de lado, chocando suavemente una rodilla con un cojín. Dentro, Mateo había colocado una cuchara de madera sobre una caja pequeña. —Es la llave real —explicó. Carlitos la levantó con solemnidad y añadió una regla: para tocar la llave había que decir una contraseña que empezara por «ca».
—¡Cacahuete! —gritó Gabriel.
—¡Calcetín! —dijo Mateo.
Carlitos abrió mucho los ojos. Él había pensado en «castillo», pero las otras respuestas eran mucho mejores. Los tres decidieron que todas valían y añadieron una nueva norma: quien entrara debía inventar una contraseña distinta.
El castillo empezó a llenarse de reglas. Gabriel decretó que el puente levadizo —una colchoneta azul— solo podía cruzarse dando tres pasos gigantes. Mateo decidió que junto a la torre había un lago invisible que obligaba a saltar sobre dos hojas de papel. Carlitos añadió un dragón dormido debajo de una silla y prohibió hablar fuerte cerca de él.
Entonces intentaron salir a buscar tres bloques rojos para convertirlos en tesoro. Carlitos dio los pasos gigantes, pero aterrizó en el lago invisible. Mateo saltó el lago, pero olvidó caminar como un cangrejo. Gabriel susurró para no despertar al dragón y, al llegar a la puerta, descubrió que no recordaba ninguna contraseña nueva.
—Este castillo no nos deja salir —dijo Gabriel.
—Ni entrar —añadió Mateo desde el otro lado de la colchoneta.
Carlitos miró la cuchara real, el lago, el dragón y la puerta. Habían construido una fortaleza tan perfecta que ni sus propios constructores sabían usarla.
—¿Y si el castillo cambia las reglas? —propuso.
Mateo frunció el ceño. —¿Solo?
Los tres miraron las cajas. Una de ellas crujió un poquito.
—Ha dicho que sí —susurró Gabriel.
A partir de entonces, nadie elegía su propia prueba. Carlitos sacó de una cesta tres piezas de construcción sin mirar. La amarilla significaba «cangrejo», la roja «pasos gigantes» y la azul «saltar el lago». Cada vez que alguien llegaba a la puerta, sacaba una pieza y obedecía al castillo.
Mateo obtuvo la roja y cruzó con zancadas tan enormes que casi perdió una zapatilla. Gabriel sacó la amarilla y avanzó de lado con las manos convertidas en pinzas. A Carlitos le tocó la azul. Saltó una hoja, luego la otra, y cayó dentro de la fortaleza justo cuando sus amigos levantaban la manta como si fueran banderas.
—¡Falta el tesoro! —recordó Gabriel.
Esta vez los tres salieron juntos. Una pieza decidió cómo cruzar el puente, otra cómo esquivar al dragón y una tercera qué contraseña debían inventar entre todos. Volvieron con los bloques rojos sin romper ni una sola regla, aunque Mateo aseguró que el dragón había abierto un ojo cuando Gabriel estornudó.
Al terminar la mañana desmontaron las cajas y doblaron la manta. La mesa volvió a ser una mesa, la colchoneta dejó de ser un puente y la cuchara regresó a la cocinita.
Carlitos fue el último en marcharse del rincón de juegos. Antes de salir miró debajo de la mesa. Allí, donde ya no quedaba ningún castillo, había una pieza amarilla.
Carlitos sonrió y salió caminando de lado.
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