Ana tenía una cartulina, tres rotuladores y una noticia urgente: la tarjeta de cumpleaños de la vecina debía estar terminada antes de que Carlos pasara a recogerla.
—Solo falta pegar las estrellas —dijo, extendiendo la tarjeta sobre la mesa de la cocina—. Y no toques nada.
Juan levantó las dos manos.
—Yo no toco. Yo superviso.
Max, que dormía bajo la silla, abrió un ojo. Conocía aquella frase. Normalmente significaba que, en menos de un minuto, alguien acabaría supervisando un problema.
Ana fue al pasillo a buscar el pegamento. Juan miró la tarjeta. Tenía un cohete rojo, una luna amarilla y un espacio vacío en una esquina que pedía a gritos algo espectacular. En el cajón de las manualidades encontró un sobre de pegatinas plateadas. No pensaba pegar muchas. Solo una. Una estrella pequeña, justo al lado de la luna.
En ese instante entró una corriente de aire por la ventana abierta.
La tarjeta se levantó, dio una vuelta completa sobre la mesa y salió volando al jardín.
—¡Mi tarjeta! —gritó Ana desde el pasillo.
Juan llegó a la ventana a tiempo de verla aterrizar sobre el césped. O eso creyó. Max ya corría hacia fuera con las orejas alzadas, siguiendo algo que brillaba entre las macetas.
—No pasa nada —dijo Juan, demasiado deprisa—. Ha caído aquí mismo.
Pero en el césped no había tarjeta. Solo una pegatina plateada, pegada a la punta de una hoja.
Ana cruzó los brazos.
—¿Qué has hecho?
—Una supervisión con viento.
Juan examinó el jardín. La pegatina era una pista. Más allá, otra brillaba en el borde del banco. Y junto al grifo había una tercera, inclinada como una flecha diminuta. Cada una señalaba en la misma dirección: hacia el viejo cobertizo.
—La tarjeta ha dejado un rastro —anunció Juan. —Las pegatinas han dejado un rastro —corrigió Ana. —Eso es exactamente lo que diría una detective ayudante.
Max olfateó el suelo y desapareció detrás del cubo de las herramientas. Juan y Ana corrieron tras él. Allí encontraron la tarjeta, atrapada contra la pared del cobertizo por una rama baja. El cohete seguía entero, la luna también. Pero la última pegatina plateada se había quedado pegada al hocico de Max.
Ana recuperó la tarjeta y la miró por los dos lados.
—Le falta una estrella.
Juan sacó el sobre de pegatinas de su bolsillo. Estaba abierto. Dentro quedaba una sola, grande y plateada.
Ana no dejó que la prisa les ganara. Sacudió con cuidado una hoja que se había pegado a la tarjeta y comprobó que el cohete no tenía ni una arruga. Juan, mientras tanto, señaló las pegatinas del camino como si estuviera explicando un mapa importantísimo.
—Primera pista: la hoja. Segunda pista: el banco. Tercera pista: el grifo. Y la última, el hocico del detective.
Max volvió a estornudar. La pegatina de su nariz se movió, pero no cayó.
—El detective parece bastante orgulloso —dijo Ana.
—Ha encontrado el cobertizo antes que nosotros.
—Porque olía a maceta húmeda.
Juan aceptó el dato con un gesto serio. Una buena investigación, decidió, también sabía reconocer cuándo su ayudante tenía un talento distinto.
—Tengo una idea —dijo.
Ana lo miró con cuidado.
—¿Es una idea de tocar?
—Es una idea de reparar.
Volvieron a la mesa. Esta vez Ana sostuvo la tarjeta y Juan despegó la estrella muy despacio. La colocó en la esquina vacía, junto a la luna, sin torcerla ni un milímetro. Max apoyó las patas en la silla para comprobar el resultado.
La tarjeta quedó mejor que antes. La estrella grande parecía iluminar todo el cohete.
Justo entonces sonó el timbre. Carlos esperaba en la puerta con una bolsa de regalo bajo el brazo.
—¿Lista? —preguntó.
Ana le entregó la tarjeta.
—Lista. Ha pasado una investigación muy importante.
Carlos observó a Juan, a Max y las cuatro pegatinas que aún brillaban en el césped.
—¿Y el detective?
Juan señaló a Max. El perro estornudó y la última estrella de su hocico salió disparada hasta el felpudo.
—El detective —dijo Juan— trabaja mejor cuando no supervisa nada.
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