La tarde había empezado con un ruido que Lucía no sabía nombrar. No era el tic-tac de un reloj ni el crujido de la madera del taller. Sonaba dentro de una caja de música abierta sobre la mesa de Manolo: una melodía corta, cuatro notas dulces y una quinta que nunca llegaba.
—Se para siempre en el mismo sitio —dijo Lucía. Manolo dio cuerda al mecanismo y ambos escucharon: tin, tan, tin, ti... silencio. —Quizá no se pare —respondió él—. Quizá esté esperando algo. Lucía sonrió. —Eso dices de todas las cosas rotas. —No de todas. Solo de las que tienen una historia mejor que una avería.
Manolo apartó con cuidado un pequeño cilindro de latón y dejó la caja bajo la lámpara. —Mi maestro de relojería conoció una ciudad donde nadie soportaba las canciones incompletas. Se llamaba Bellaclara, y allí las campanas daban la hora, los vendedores cantaban sus precios y hasta los barqueros silbaban al cruzar el canal. Pero una noche desapareció una nota.
No una partitura ni una nota escrita en papel. Desapareció un sonido: el la que estaba justo por encima del sol central. Los músicos lo descubrieron durante un concierto en la plaza. Cuando los violines intentaban tocarlo, de las cuerdas salía apenas un soplo. En los pianos, la tecla correspondiente bajaba sin producir nada. Las campanas afinadas en aquel tono se balanceaban mudas.
Al principio, Bellaclara se lo tomó como una rareza. Al día siguiente, sin embargo, la canción con la que los panaderos avisaban de que el pan estaba listo terminó en un hueco desconcertante. La nana que las familias cantaban a los niños tropezó con el mismo silencio. Incluso el pregón del barquero quedó partido por la mitad, y sus pasajeros empezaron a mirar el agua como si el canal tuviera la culpa.
En aquella ciudad vivía Inés, aprendiz de afinadora de instrumentos. Tenía buen oído, pero su maestro decía que escuchaba demasiado deprisa: en cuanto detectaba un sonido extraño, ya estaba buscando qué tornillo apretar. Aquella mañana recorrió talleres, teatros y campanarios con un diapasón en el bolsillo. Todo estaba en su sitio salvo la nota ausente.
—Una nota no puede marcharse —dijo el maestro. —Entonces alguien la ha escondido. —Las dos ideas son igual de absurdas. —Perfecto —respondió Inés—. Así no tenemos que elegir todavía.
Probó las cuerdas de doce violines y abrió tres pianos. Subió al campanario para comprobar que ninguna campana estuviera rajada. Nada. Al caer la tarde regresó cansada y se sentó junto al canal, donde un anciano reparaba redes sin cantar, algo muy raro en Bellaclara.
Entonces lo oyó: la melodía de una caja de música llegaba desde una ventana. Tin, tan, tin, ti... silencio. Un instante después, desde debajo del puente respondió un sonido diminuto y limpio. La.
Inés se levantó tan deprisa que casi dejó caer el diapasón. Se asomó al borde, pero bajo el arco solo había agua oscura, piedras húmedas y el eco de sus propios pasos. Dio una palmada. El puente devolvió la palmada. Silbó dos notas. El puente devolvió las dos. Tocó el la con su diapasón.
No volvió nada.
—Así que estás ahí —murmuró. Durante la hora siguiente intentó sacar la nota como habría sacado una moneda de una rendija. Cantó más fuerte, golpeó una barandilla, tocó una flauta y hasta pidió prestada una campanilla. El puente devolvía todos los sonidos menos aquel. Cuanto más insistía, más profundo parecía el silencio.
Cuando ya oscurecía, el anciano de las redes se sentó a su lado. —Llevas una hora haciendo ruido para encontrar un sonido. —¿Tiene una idea mejor? —Escuchar.
Inés estuvo a punto de protestar, pero estaba demasiado cansada. Cerró la boca. Al principio oyó las ruedas de un carro, agua contra los pilares y platos en una cocina cercana. Después distinguió sonidos más pequeños: una cuerda de tendedero vibrando, alas de paloma, una gota cayendo desde el arco.
Ploc. Silencio. Ploc. Silencio.
Y dentro de uno de aquellos silencios apareció otra vez, muy lejos: la.
Inés comprendió entonces que la nota no respondía cuando la llamaban. Solo aparecía cuando nadie intentaba llenarlo todo de sonido. Esperó otro intervalo entre dos gotas y oyó el la un poco más cerca. Luego otro. La nota parecía avanzar por el eco del puente, saltando de silencio en silencio.
Corrió al conservatorio, pero esta vez no reunió una orquesta. Pidió a seis músicos que llevaran sus instrumentos al puente y les explicó una idea que les pareció ridícula: tocarían una melodía dejando vacío, deliberadamente, el lugar de la nota perdida.
Empezaron despacio. Violín, flauta y violonchelo hicieron crecer la música bajo el arco. Cuando llegó el momento del la, todos se detuvieron.
Durante un segundo no ocurrió nada. Después, desde el canal, surgió una nota clara que ocupó exactamente el hueco que habían dejado. Los músicos siguieron tocando. La melodía volvió al mismo punto y otra vez guardaron silencio. La nota respondió más fuerte.
A la tercera vez, el sonido pareció elevarse desde el agua, recorrer la piedra y atravesar la plaza. Una campana lejana vibró. Luego otra. En una casa, alguien pulsó una tecla de piano y el la sonó de nuevo. Bellaclara recuperó su nota sin que nadie pudiera explicar dónde había estado.
Los vecinos celebraron el regreso con un concierto tan grande que Inés tuvo que taparse los oídos. Su maestro se acercó riendo. —¿Y bien? ¿Qué tornillo apretaste? —Ninguno. —¿Qué pieza cambiaste? —Ninguna. Inés miró el puente, donde el anciano recogía sus redes. —Esta vez la reparación consistía en dejar sitio.
Desde entonces, los músicos de Bellaclara conservaron una costumbre. Una vez al año tocaban aquella melodía y, al llegar al famoso la, callaban durante un compás entero. La nota estaba allí, por supuesto, disponible en todos sus instrumentos. Pero nadie la tocaba. Decían que algunas cosas regresan mejor cuando uno recuerda el lugar que dejaron vacío.
Manolo terminó y la caja de música seguía abierta bajo la lámpara. Lucía la miró con desconfianza. —Ya sé lo que vas a decir: que no la arreglemos y escuchemos el silencio. —Yo iba a decir que mañana compraré un muelle nuevo —respondió el abuelo—. Está partido.
Lucía soltó una carcajada. Manolo dio cuerda una última vez. Tin, tan, tin, ti... y ambos esperaron sin hablar.
Desde algún lugar del taller llegó una quinta nota, suave y redonda.
Lucía abrió mucho los ojos. Manolo examinó la caja, luego el pasillo y finalmente el viejo reloj de pared. —Ese reloj no da notas —susurró ella. —No —dijo Manolo, bajando la voz—. Y la caja tampoco debería poder dar esa.
Se quedaron quietos un momento más. No sonó nada. Lucía cerró con cuidado la tapa de la caja de música y sonrió. —Mañana compras el muelle. —Sin falta. —Pero esta noche... —Esta noche —concedió Manolo— podemos dejarle sitio a la duda.
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