—¡Hay una reunión de pájaros en el cable!
Manuel lo anunció desde la ventana con tanta emoción que Ignacio dejó caer un bloque de madera y Fernando apareció arrastrando un calcetín que todavía no había conseguido ponerse. Afuera, sobre los cables que cruzaban la calle, había una fila de golondrinas. Eran muchas, muchísimas para los ojos de Manuel: unas se apretaban junto a otras, algunas cambiaban de sitio y otras salían volando para regresar un momento después.
—Son golondrinas —dijo Manuel—. Se nota por la cola, que parece una tijera. Seguro que están hablando de algo importantísimo. A lo mejor han decidido quién vuela primero, quién vigila las nubes y quién...
Se interrumpió porque media fila levantó el vuelo de golpe. Las golondrinas giraron sobre los tejados, rápidas como papelitos negros empujados por el viento, y volvieron a posarse unos metros más allá.
Manuel corrió a buscar su cuaderno. Dibujó un cable, muchos puntitos encima y una flecha enorme hacia la derecha.
—Van hacia allí —explicó a sus hermanos—. Tenemos que averiguar adónde.
Su padre propuso bajar a dar un paseo antes de la merienda. Manuel aceptó tan deprisa que casi salió sin zapatos. Desde la acera, los tres hermanos avanzaron mirando hacia arriba, mientras su padre les recordaba que también convenía mirar por dónde pisaban.
En la esquina encontraron otro grupo de golondrinas. Manuel levantó el dedo.
—¿Veis? ¡La reunión continúa!
—No —dijo Ignacio, señalando un tejado—. Esas están allí.
Manuel miró. Ignacio tenía razón: no todas estaban en el cable. Algunas descansaban en una antena y otras revoloteaban sobre una plaza cercana. Fernando, que hablaba menos pero señalaba con mucha decisión, apuntó entonces al cielo.
—Más.
Llegaban nuevas golondrinas desde detrás de los edificios.
Manuel abrió mucho los ojos. Por primera vez desde que habían salido, no dijo nada. Escuchó el roce del viento entre los árboles y observó cómo las aves se reunían, se separaban y volvían a juntarse. No parecían seguir una fila ni obedecer a una jefa. Parecían prepararse juntas.
En la plaza se sentaron en un banco. Manuel contó once golondrinas en un cable, perdió la cuenta, empezó otra vez y volvió a perderla cuando cinco despegaron al mismo tiempo.
—A lo mejor no van a un sitio de aquí —dijo despacio.
Su padre sonrió, pero no respondió. Manuel miró su dibujo. La flecha enorme que había trazado hacia la derecha ya no le servía: las aves volaban a derecha, izquierda, arriba y abajo.
Entonces Ignacio preguntó:
—¿Y si se van lejos?
Manuel conocía aquella palabra. La había oído muchas veces hablando de pájaros, pero nunca la había visto ocurrir delante de su casa.
—¡Migración! —exclamó—. Algunas golondrinas viajan cuando cambia la estación. Pero yo pensaba que un día estaban aquí y al siguiente... ¡puf!, ya estaban lejísimos.
Ahora entendía que antes del gran viaje también había espera, vuelos cortos y grupos que crecían. No era una salida con una señal de tres, dos, uno. Era más parecido a cuando su familia preparaba una excursión y cada uno aparecía con algo distinto antes de ponerse en marcha.
Manuel dibujó otro cable en su cuaderno. Esta vez no añadió una flecha. Dibujó varias golondrinas llegando desde lugares diferentes y, debajo, tres figuras pequeñas mirando hacia arriba.
De regreso a casa, la fila de la primera ventana había cambiado otra vez. Quedaban menos pájaros, aunque en el cielo se veía un grupo nuevo girando sobre los tejados.
Manuel llevó el cuaderno hasta el rincón de Olivia y se sentó junto a la tortuga.
—Hoy no hemos descubierto adónde van exactamente —le contó—, pero hemos visto cómo empiezan a prepararse. Ignacio descubrió que no era la misma reunión y Fernando vio llegar a las nuevas. Yo... yo hice una flecha demasiado pronto.
Olivia siguió avanzando con su paciencia habitual.
Manuel sonrió y añadió una última golondrina al dibujo, todavía en el aire.
—Mañana miramos otra vez. A lo mejor la aventura también consiste en saber esperar.
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