El círculo apareció después de dos días de lluvia, justo donde el césped del parque se volvía más oscuro junto a los pinos. Rosa lo vio desde el sendero: una docena de pequeñas setas color miel formaban una curva tan regular que parecía trazada con un compás. Se detuvo, abrió su libreta y dibujó tres de ellas antes de acercarse. La tierra olía a hojas mojadas y a madera, y sobre los sombreritos temblaban gotas diminutas.
No era un círculo completo. Faltaba un tramo junto a una raíz gruesa, pero el resto seguía una línea casi perfecta. Rosa miró alrededor buscando una maceta enterrada, una cuerda o cualquier cosa que pudiera explicar aquella forma. No encontró nada. Escribió: «Hipótesis 1: alguien las ha plantado así» y dejó debajo espacio para las pruebas.
Su madre, que esperaba unos metros más allá con una bolsa de pan, sonrió al verla agachada.
—No las toques si no sabes qué setas son —le recordó.
Rosa asintió. Aquella era una regla que conocía bien: observar primero, y las setas desconocidas, siempre a distancia. Dio una vuelta alrededor del círculo sin pisarlo. Si alguien las había plantado, pensó, quizá habría tierra removida. Pero el suelo estaba cubierto por la misma alfombra de agujas de pino dentro y fuera de la curva.
Al día siguiente llevó el misterio al colegio. El profesor López no le dio una respuesta; puso sobre la mesa una lupa, una bandeja y una pregunta.
—¿Qué parte de una seta crees que estás viendo?
Rosa frunció el ceño. Para ella, la seta era precisamente aquello: pie, sombrero y láminas escondidas debajo. El profesor señaló una maceta vieja del laboratorio en la que no crecía ninguna planta. En un borde de la tierra asomaban unos filamentos blancos, finísimos, como hilos de algodón perdidos entre los granos oscuros.
—Eso también pertenece a un hongo —dijo—. Pero no hace falta que memorices su nombre. Mira dónde está.
Rosa anotó una palabra que sí quiso recordar: micelio. La escribió junto a un dibujo de líneas bajo la tierra. Entonces tachó a medias su primera hipótesis. Tal vez nadie había colocado las setas una por una. Tal vez la parte que no veía tenía algo que decir sobre el círculo.
Aquella tarde regresó al parque. El sol había secado el sendero, pero bajo los pinos la tierra seguía fresca. Algunas setas del día anterior estaban inclinadas y habían aparecido otras dos un poco más allá, prolongando la curva. Rosa midió la distancia con pasos cortos, sin acercarse demasiado: las nuevas no estaban en el centro ni dispersas al azar. Continuaban el borde.
«Hipótesis 2: algo crece bajo tierra en forma de círculo», escribió.
La idea le gustaba, aunque enseguida encontró un problema. Si debajo había un círculo perfecto, ¿por qué faltaba aquel tramo junto a la raíz? Se acuclilló al otro lado del sendero y observó durante un rato. Una ardilla cruzó el césped. Una gota cayó desde una rama cuando ya no llovía. Nada parecía responderle.
Entonces reparó en el suelo del tramo vacío. Allí no había césped. La gran raíz del pino salía a la superficie y, junto a ella, la tierra estaba dura y cubierta por una capa espesa de agujas secas. Rosa dibujó el hueco en su libreta y añadió dos signos de interrogación. Quizá el círculo no estaba roto; quizá simplemente no podía mostrar setas en todos los lugares por los que pasaba.
Al tercer día, el misterio cambió otra vez. Varias setas se habían abierto como pequeños paraguas y el césped justo por fuera de la curva parecía un poco más verde. Rosa había ido preparada con una regla, pero decidió guardarla. No necesitaba medir cada brizna para ver que había una franja distinta. La forma estaba también en la hierba.
En el laboratorio, comparó sus tres dibujos sobre la mesa. Primero había visto puntos. Después una curva. Ahora tenía además una banda de césped más intenso. El profesor López acercó una hoja de papel y Rosa colocó encima sus páginas, una junto a otra.
—Yo pensaba que las setas hacían el círculo —dijo despacio—. Pero quizá solo lo enseñan.
El profesor sonrió, sin añadir nada.
Rosa imaginó entonces los filamentos blancos extendiéndose bajo el parque, creciendo poco a poco desde un lugar antiguo que ya no podía ver. Cuando llegaban las condiciones adecuadas —tierra húmeda, temperatura suave, suficiente alimento—, algunas partes aparecían sobre la superficie. No como soldados plantados en fila, sino como señales de algo mucho mayor escondido debajo.
La explicación encajaba con las setas nuevas y con el tramo vacío. También explicaba por qué el dibujo podía cambiar de un día para otro sin que nadie lo tocara. Rosa corrigió su segunda hipótesis: «El micelio puede extenderse bajo tierra. Las setas aparecen en algunas zonas de su borde cuando las condiciones son buenas». Después rodeó la palabra «puede». No había excavado el parque ni analizado aquel hongo, así que no quería escribir como seguro lo que solo había deducido observando.
El sábado volvió con su madre. Quedaban menos setas y algunas empezaban a deshacerse, pero el arco todavía podía reconocerse si uno sabía dónde mirar. Un niño pasó corriendo junto a ellas sin verlas. Rosa estuvo a punto de señalarle el círculo, pero se quedó quieta.
Había descubierto que el parque tenía dos paisajes: el que estaba a la vista y otro, silencioso, que continuaba bajo sus zapatos. Cerró la libreta y miró los pinos, el césped y la tierra húmeda como si acabaran de cambiar de profundidad.
Antes de marcharse vio una única seta pequeña, varios pasos más allá del arco. No estaba donde esperaba.
Rosa volvió a abrir la libreta.
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