A las once de la mañana, las flores amarillas del patio parecían pequeños soles abiertos entre la hierba. A las doce y cuarto, muchas se habían cerrado. Rosa se agachó junto a ellas con la libreta apoyada en una rodilla y frunció el ceño: el cielo seguía claro y nadie había pisado aquel rincón.
Anotó la hora y dibujó una de las flores, con sus pétalos apretados como un pincel. La tierra estaba tibia, pero no seca; al tocarla con la yema de un dedo notó todavía algo de humedad. Rosa pensó que quizá el calor las había cansado. Era una idea razonable, aunque había algo que no encajaba: otras flores iguales, junto al muro, continuaban abiertas.
—¿Qué miras con tanta seriedad? —preguntó el profesor López al cruzar el patio con una caja de lupas.
Rosa señaló los dos grupos. —Estas se han cerrado y aquellas no. Creo que es por el calor, pero hace el mismo calor para todas.
El profesor miró primero las flores y después el cielo. —Entonces tu primera idea ya te ha regalado una pregunta mejor.
Rosa escribió: «¿Qué tienen distinto?». No quiso arrancar ninguna flor. Caminó de un grupo a otro y comparó la tierra, la altura de la hierba y la sombra. Cerca del muro había más sol directo. En cambio, sobre las flores cerradas pasaba de vez en cuando una sombra suave que no venía de ningún árbol.
Levantó la cabeza. Una nube blanca, muy fina, cruzaba despacio por delante del sol. Era tan transparente que casi parecía humo. Rosa sonrió: tal vez no era el calor, sino la luz. Esperó a que la nube avanzara y observó durante varios minutos, pero las flores no se abrieron de golpe. Su nueva hipótesis tampoco resolvía el misterio.
A la hora de comer, el aire cambió. Rosa lo notó antes en la piel que en las plantas: ya no era un aire seco y ligero, sino más pegajoso. Las hojas del jardín vertical parecían tener un verde más oscuro, y desde la tierra llegaba un olor fresco aunque todavía no había caído una sola gota. En su libreta añadió tres palabras: «menos luz, más humedad».
Cuando volvió al patio, casi todas las flores amarillas estaban cerradas. Incluso las del muro. Rosa acercó la cara sin tocarlas y vio que no estaban marchitas: los tallos seguían firmes y las hojas conservaban su forma. Aquello descartaba otra posibilidad que había escrito a toda prisa: no parecían necesitar agua con urgencia.
Entonces encontró una pista distinta. Entre las flores había una margarita pequeña que también empezaba a recoger sus pétalos. No era la misma planta, pero estaba respondiendo al mismo cambio. Rosa miró alrededor. Las hormigas seguían caminando, un gorrión picoteaba junto a una papelera y el patio parecía normal; sin embargo, varias flores estaban haciendo algo antes de que los humanos pudieran ver la razón.
—Parece que saben un secreto —dijo Rosa cuando el profesor López regresó.
—¿Un secreto o una señal? —preguntó él.
Rosa repasó sus notas. A las once: mucho sol, aire seco, flores abiertas. Después: nubes finas, luz más apagada, aire húmedo, flores cerrándose. No podía asegurar que una sola cosa fuera la responsable. Quizá las plantas respondían a varios cambios a la vez.
El profesor López le enseñó en una tableta el pronóstico del día, sin darle ninguna explicación. Había una pequeña nube con gotas dibujada para media tarde. Rosa abrió mucho los ojos.
—¿Se cierran porque va a llover?
—Algunas flores pueden cerrarse cuando cambian la luz y la humedad —respondió él—. Pero una observación no basta para convertir una coincidencia en una regla.
Aquella frase le gustó a Rosa porque no terminaba el misterio; lo hacía más interesante. En una página nueva trazó tres columnas: hora, cielo y flores. Decidió observarlas durante varios días. Si volvían a cerrarse antes de una tarde húmeda, tendría un patrón; si no, tendría que buscar otra explicación.
A las cuatro menos diez cayó la primera gota sobre su libreta. Rosa la secó con la manga y corrió bajo el porche. En pocos segundos, la lluvia dibujó puntos oscuros en las baldosas y convirtió el olor de la tierra en algo profundo y dulce. Desde allí miró las flores amarillas: seguían cerradas, protegidas en sus pequeños puños verdes.
Al día siguiente amaneció despejado. Rosa llegó temprano al patio y encontró las flores abiertas de nuevo, llenas de luz. Escribió la hora, miró el cielo azul y añadió una estrella junto a la primera fila de su tabla. No era una prueba definitiva, pero sí el comienzo de una buena investigación.
Antes de guardar la libreta, vio algo que no había anotado el día anterior. Una flor, escondida bajo la sombra permanente de un banco, estaba completamente abierta mientras sus vecinas recibían el sol. Rosa se quedó inmóvil un instante.
Luego volvió a sacar el lápiz.
Tal vez las flores no estaban leyendo el cielo de una sola manera. Tal vez cada una tenía más de un reloj.
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