El sendero de las avellanas amaneció cubierto de pequeñas cáscaras marrones. Saltarín y Brincón lo recorrían con una cesta entre los dos, camino de la casa de la señora Ardilla. Ella había prometido preparar panecillos para la merienda del claro, y ellos llevaban un tarro de miel para ayudar.
Al llegar a la cuesta de los helechos, Saltarín se detuvo tan deprisa que Brincón chocó con la cesta. Del otro lado del sendero llegaba un golpecito irregular: toc, toc... toc. No parecía un pájaro ni una rama movida por el viento.
—Voy a mirar —dijo Saltarín, dejando la cesta junto a una raíz.
—Y yo voy a mirar por dónde vas a mirar —respondió Brincón.
Bajaron entre los helechos siguiendo el sonido. Primero pasaron una piedra blanca, luego un tronco cubierto de musgo y después una mata de zarzas que obligó a Saltarín a agachar las orejas. El toc, toc sonaba ahora justo debajo de ellos.
En una pendiente estrecha encontraron la causa. Una carretilla diminuta, cargada de avellanas, había quedado atravesada entre dos raíces. Cada vez que una avellana se soltaba, rodaba por la madera y golpeaba una piedra antes de caer en un hueco profundo. Al otro lado estaba la señora Ardilla, sujetando el asa con las dos patas.
—¡Menos mal! —exclamó—. Una rueda se ha metido entre las raíces. Si tiro hacia mí, la carretilla se inclina. Si la suelto, se va cuesta abajo.
Saltarín dio un paso al frente.
—Yo la empujo desde aquí.
Brincón observó la pendiente. Debajo de la carretilla había hojas secas y, más abajo, un grupo de piedras puntiagudas.
—Si empujas de golpe, saldrá la rueda... y quizá salgan también todas las avellanas.
Saltarín frunció el hocico. Tenía razón, pero quedarse mirando tampoco sacaría la rueda. Probó a empujar muy despacio. La carretilla crujió, avanzó un dedo y volvió a encajarse.
—Necesitamos levantarla, no empujarla —dijo Brincón.
Buscaron alrededor. Saltarín encontró una rama fuerte y quiso meterla enseguida bajo la rueda, pero era demasiado corta. Brincón descubrió otra más larga, aunque tan fina que se doblaba. Entonces Saltarín señaló una piedra plana junto al musgo.
—¿Y si usamos las dos cosas?
Colocaron la piedra como apoyo y la rama larga encima, igual que un pequeño balancín. La señora Ardilla sujetó la carretilla desde arriba. Brincón mantuvo la rama bien encajada mientras Saltarín se subía al extremo libre.
La rueda se levantó apenas un poco.
—¡Ahora! —gritó Saltarín.
La señora Ardilla tiró. Brincón apartó una raíz suelta con la pata. La rueda salió del hueco, pero la carretilla se ladeó y tres avellanas escaparon pendiente abajo.
Saltarín saltó tras ellas. Atrapó una con las patas delanteras, otra chocó contra su pañuelo verde y la tercera siguió rodando hasta detenerse contra una seta enorme. Cuando regresó cuesta arriba, Brincón y la señora Ardilla ya habían colocado la carretilla en terreno firme.
—Tres fugitivas —dijo Saltarín, dejando las avellanas en su sitio.
—Y ninguna ha llegado muy lejos —contestó Brincón.
Volvieron juntos al sendero. Esta vez Saltarín llevó la cesta de miel y Brincón caminó junto a la rueda que había dado problemas, atento a cada raíz. La señora Ardilla avanzaba despacio, pero sin detenerse.
Al llegar al claro, los demás animales ya preparaban la mesa sobre un tronco ancho. Poco después olía a pan caliente, miel y avellanas tostadas. Saltarín mordió un panecillo y miró a Brincón.
—Tu idea de mirar por dónde iba a mirar ha servido bastante.
Brincón sonrió mientras partía el suyo por la mitad.
—Y tu idea de no quedarnos mirando también.
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