Aquella mañana, el viento había barrido el claro hasta dejarlo brillante. Saltarín y Brincón caminaban hacia el huerto de los castores con una cesta vacía entre los dos, porque habían prometido recoger unas semillas de girasol para los pájaros antes de que llegara la tarde.
Al pasar junto al prado alto, una ráfaga dobló las hierbas casi hasta el suelo. Entonces algo dorado cruzó el sendero, girando en el aire como un puñado de diminutos paracaídas. Saltarín levantó las orejas. —¡Mira! ¡Una nube que se ha caído al bosque! Brincón siguió con la mirada aquellas motitas. —No es una nube. Son semillas.
Un poco más adelante encontraron a una ardilla junto a un saco abierto. El viento había soltado el nudo y había esparcido por el prado las semillas que la comunidad guardaba para sembrar junto al claro. Algunas seguían cerca, pero otras desaparecían entre las hierbas altas. —Podemos recogerlas —dijo Saltarín, dejando la cesta en el suelo. Y antes de que Brincón contestara, ya estaba saltando detrás de la primera.
Primero persiguieron las semillas junto al sendero. Saltarín corría de una a otra y las atrapaba antes de que volvieran a levantar el vuelo; Brincón avanzaba más despacio, mirando dónde caían cuando el viento aflojaba. En pocos minutos, el fondo de la cesta quedó cubierto por una capa dorada.
Pero una ráfaga más fuerte llegó desde los abedules. Las hierbas se inclinaron, la cesta rodó medio palmo y las semillas que aún flotaban salieron disparadas hacia una hondonada. Saltarín corrió tras ellas. —¡Si vamos deprisa, las alcanzamos! Brincón dio dos pasos y se detuvo al ver cómo las puntas de las hierbas se movían todas en la misma dirección.
—Espera —dijo—. El viento las lleva hacia abajo. Si corremos detrás, cada ráfaga nos las volverá a quitar. Saltarín frenó junto a una raíz. No le gustaba ver alejarse las semillas, pero miró el prado como hacía Brincón: las motitas no volaban al azar. Bajaban en pequeños grupos hacia un rincón donde crecían juncos y grandes hojas de bardana.
Fueron primero hasta una piedra plana, luego bordearon un tronco caído y después descendieron por un paso estrecho entre dos raíces. Desde allí, la hondonada parecía enorme. Las semillas daban vueltas sobre sus cabezas y algunas quedaban atrapadas entre los tallos. —Tú tenías razón sobre dónde iban —admitió Saltarín. Brincón sonrió. —Y tú eres mucho más rápido atrapándolas.
Decidieron combinar las dos cosas. Brincón se colocó junto a los juncos y observó cada ráfaga; cuando veía hacia dónde empujaba el aire, señalaba con la pata. Saltarín corría entonces hasta aquel punto y sujetaba las semillas contra el suelo con cuidado, sin aplastarlas. Una, dos, cinco, ocho: la cesta empezó a llenarse de nuevo.
Quedaba un último grupo. Había caído sobre una hoja grande de bardana que sobresalía encima de un pequeño charco. Saltarín se acercó por una raíz húmeda, pero Brincón vio cómo la hoja temblaba cada vez que soplaba el viento. —Si saltas ahora, saldrán volando otra vez —advirtió.
Los dos se agacharon detrás de una piedra y esperaron. El viento sopló una vez, luego otra, y la hoja se sacudió como un techo verde. Cuando llegó la calma, Brincón sujetó el tallo desde tierra firme y Saltarín avanzó por la raíz. Recogió las semillas de una en una y las guardó en su pañuelo verde hasta regresar a la cesta.
Al subir de nuevo al prado, la ardilla los esperaba con el saco bien anudado. Entre los tres devolvieron las semillas y guardaron aparte las que se habían humedecido junto al charco. Todavía quedaba tiempo para llegar al huerto de los castores, aunque Saltarín miró sus patas llenas de briznas y soltó una risa. —Nuestra cesta sigue vacía y llevamos toda la mañana trabajando.
Brincón se sacudió una semilla que se le había quedado prendida en la bufanda mostaza. —Sí, pero ahora sabemos por dónde viaja el viento. Y retomaron el sendero mientras, detrás de ellos, las hierbas del prado volvían a inclinarse todas a la vez.
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