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Sol y la isla que zumbaba

Sol y la isla que zumbaba

Bzzzzzz.

Sol levantó la cabeza. El sonido venía del pasillo, grave y suave, como un abejorro escondido detrás de la puerta. Apoyó las manos en el suelo y esperó. Bzzzzzz. Otra vez.

Entonces apareció una cosa redonda y negra. Avanzaba sola, despacito, rozando la pared antes de girar hacia el salón. Encima llevaba algo naranja. Sol parpadeó y abrió la boca: era uno de sus calcetines, y el calcetín se alejaba.

Sol gateó detrás. Una mano, otra mano, una rodilla, otra rodilla. La cosa redonda pasó junto al sofá y Sol aceleró, pero justo cuando iba a tocar el calcetín, giró de nuevo. Bzzzzzz. El calcetín siguió navegando sobre aquella isla diminuta.

Papá estaba cerca, recogiendo unos juguetes. Vio a Sol perseguir al aparato y apartó un bloque del camino. Sol siguió avanzando, muy serio, con la vista fija en aquel punto naranja que se escapaba sin correr. Entonces la isla entró bajo la mesa.

Desde el suelo, las patas de las sillas parecían troncos enormes. Sol se detuvo un instante y miró por un lado. Nada. Miró por el otro. Bzzzzzz. Allí estaba.

Sol gatea entre las patas de las sillas siguiendo un robot aspirador que lleva su calcetín naranja encima.

Sol se metió entre dos sillas. El aparato pasó frente a él y el calcetín tembló un poco encima. Sol estiró una mano. Casi. Volvió a estirarla y casi lo alcanzó otra vez.

Entonces la isla chocó suavemente con una pata de la mesa, dio media vuelta y salió hacia el pasillo. Sol soltó un sonido impaciente: «¡Eh!». Se puso de pie agarrado al asiento de una silla, dio un pasito lateral y volvió a bajar al suelo para seguirla. Bzzzzzz.

La cosa redonda llegó hasta una base junto a la pared y se detuvo. El zumbido desapareció de golpe. En el pequeño frenazo, el calcetín naranja resbaló por un lado y cayó al suelo.

Sol llegó un momento después. Se sentó, agarró el calcetín con las dos manos y lo apretó contra el pecho. Luego miró la isla silenciosa y le dio una palmada muy suave encima. Nada. Sol esperó.

Papá se agachó a su lado y sonrió. Sol levantó el calcetín como un trofeo, soltó una carcajada y empezó a golpearlo contra su rodilla: pam, pam, pam. La isla ya no zumbaba.

Ahora el ruido lo hacía Sol.

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