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Vera y la persiana que miraba demasiado

Vera y la persiana que miraba demasiado

La persiana de El Tornillo Feliz tenía una costumbre muy rara: a las cuatro y doce de la tarde bajaba sola hasta la mitad, aunque nadie se lo pidiera. Vera lo descubrió porque estaba dibujando una caja para ordenar tuercas cuando la luz del taller desapareció de golpe. Tornillo giró sus ojos turquesa hacia la ventana y proyectó un pequeño sol seguido de un signo de interrogación.

—El motor se está cansando —dijo Vera, levantándose de un salto—. Seguro que necesita algo para tirar mejor. Inés, que revisaba una lámpara en el banco grande, negó con una sonrisa. —Antes de ayudar al motor, averigua si el motor está haciendo algo mal. La persiana tiene un sensor de luz; baja cuando el sol entra demasiado fuerte para que el taller no se recaliente.

Vera miró el pequeño sensor redondo junto al marco. A las cuatro y trece, la persiana volvió a subir. Aquello no parecía un motor cansado: parecía un motor demasiado obediente. Tornillo emitió dos pitidos y proyectó un icono de reloj. Vera apuntó la hora en su cuaderno y decidió esperar al día siguiente.

A las cuatro y once, Vera ya estaba preparada con una cartulina, una pinza y una cinta de papel. Cuando el reloj cambió de minuto, un destello blanco cruzó la gran ventana. El sensor parpadeó. La persiana comenzó a bajar. —¡Te pillé! —exclamó Vera—. Le llega demasiada luz. Su primera idea fue tapar el sensor con la cartulina.

El resultado fue inmediato y desastroso, aunque nada peligroso: la persiana subió del todo y se quedó allí incluso cuando Vera encendió la lámpara de prueba que Inés usaba para comprobar el sistema. Tornillo proyectó un ojo cubierto por una línea. —Vale —dijo Vera—. Si no ve nada, tampoco puede decidir nada.

Quitó la cartulina y pidió repetir la prueba. El destello apareció otra vez, breve y muy intenso, y luego desapareció. Vera miró hacia la calle. No había nubes, ni coches con faros encendidos, ni ningún aparato frente al taller. Tornillo rodó hasta la puerta, levantó un brazo y proyectó una flecha que apuntaba hacia arriba.

Vera observa un destello que cruza la ventana hacia el pequeño sensor de la persiana mientras Tornillo proyecta una flecha hacia el tejado de enfrente.

Vera salió con Inés hasta la acera y levantó la cabeza. En el tejado del edificio de enfrente había varios paneles solares. Uno de ellos reflejaba durante unos segundos una franja de sol justo hacia la ventana de El Tornillo Feliz. El destello no duraba mucho, pero bastaba para engañar al sensor.

—Entonces la persiana no está rota —dijo Vera—. Solo recibe una señal que no significa lo que cree. Tornillo hizo sonar un pitido satisfecho. Vera quiso mover el sensor de sitio, pero Inés le explicó que estaba instalado allí para medir bien la luz que entraba normalmente. —Podemos cambiar lo que ve sin dejarlo ciego —pensó Vera.

Construyó una pequeña visera de cartón rígido, como una gorra diminuta, y la sujetó de forma provisional alrededor del sensor sin tapar su parte frontal. La primera versión era demasiado larga: bloqueaba también la luz del cielo y la persiana tardaba en reaccionar a la lámpara de prueba. Vera la recortó. La segunda era demasiado corta: el reflejo de las cuatro y doce seguía entrando por un lado.

Tornillo se colocó junto a la ventana con una tira de papel entre los brazos mientras Vera probaba distintos ángulos. No medía la luz con números que ella no entendiera; simplemente encendía sus ojos cuando el destello alcanzaba el sensor y los apagaba cuando la visera lo detenía. Al tercer intento, Vera encontró una forma que protegía del reflejo lateral sin impedir que el sensor mirara hacia el frente.

Al día siguiente, a las cuatro y once, los tres esperaron. El reflejo apareció en el cristal. Tornillo levantó los brazos. Vera contuvo la respiración. La persiana no se movió. Inés encendió después la lámpara de prueba desde el frente y, unos segundos más tarde, la persiana bajó suavemente como debía.

Vera dio una palmada. —¡No arreglamos la persiana! Arreglamos la forma en que miraba. Inés fijó entonces la pequeña visera con una pieza adecuada y segura. Tornillo proyectó un sol con una gorra encima.

Vera soltó una carcajada y volvió a su banco. Apenas había trazado dos líneas de su caja para tuercas cuando Tornillo proyectó otro dibujo: una nube con unas enormes gafas de sol. Vera lo miró muy seria durante un segundo. —Eso sí que no pienso construirlo. Tornillo emitió un pitido largo que sonó sospechosamente parecido a una protesta.

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